La sala de conferencias del laboratorio central de Madrid estaba sumida en un silencio sepulcral. El aire acondicionado zumbaba suavemente, pero para Sebastián, el sonido era como el rugido de una tormenta. Estaba sentado frente a una mesa de cristal, sus manos entrelazadas con tanta fuerza que la sangre había dejado de circular en sus dedos.
Frente a él, Valeria permanecía de pie junto al ventanal, mirando el tráfico de la ciudad con una indiferencia que lo aterraba. Ella no estaba allí para b