La luz plateada que emanaba del interior de la cueva comenzó a filtrarse por las grietas de la montaña, tiñendo el cielo del Mioceno con auroras que no pertenecían a esa era geológica.
Valeria Miller permanecía de rodillas ante la figura petrificada del Niño Dorado.
Su sacrificio había sellado el origen de la humanidad bajo una nueva arquitectura genética, pero el costo se sentía como un vacío insoportable en el pecho de Valeria.
A su alrededor, la naturaleza salvaje parecía haber enmudecido