El frío no era una sensación externa, sino un eco que vibraba desde el centro de sus huesos.
Valeria Miller abrió los ojos y lo primero que vio no fue el sol brillante del Mioceno ni el rostro de su hijo, sino una bruma espesa de nitrógeno líquido que se disipaba lentamente.
El cristal de la cámara de hibernación estaba cubierto por una capa de escarcha que dibujaba fractales plateados.
Cuando su mano, ahora una amalgama de carne y metal líquido, golpeó la superficie, el sonido no fue el de