El Mar Adriático, tranquilo en la superficie, ocultaba horrores inimaginables en sus profundidades.
La estructura enorme que emergía del fondo marino no era solo una estación submarina; era un organismo mecánico que respiraba.
Sus paredes de acero aleado con carbono negro brillaban bajo la luz del alba, pareciendo la piel de un monstruo prehistórico que acababa de despertar de un sueño de miles de años.
Sebastián manejaba la lancha rápida, ahora llena de los tres clones desmayados que acababa