El búnker subterráneo de la villa toscana parecía un ataúd de alta tecnología. La luz roja de las luces de emergencia parpadeaba al compás de la cuenta atrás del protocolo de autodestrucción activado por Ricardo desde Madrid. Quedaban nueve minutos antes de que todo el imperio De la Cruz se convirtiera en cenizas digitales y físicas.
Mateo permanecía inmóvil frente a la consola principal. Las lágrimas corrían por sus mejillas, pero no emitía ningún sonido. La confesión de Valeria sobre el "embr