El descenso hacia el búnker "Baluarte" fue como retroceder sesenta años en el tiempo.
Tras cruzar una entrada camuflada bajo las raíces de una secuoya milenaria, el grupo fue conducido por pasillos de concreto reforzado iluminados por luces fluorescentes parpadeantes.
Aquí no había fibra óptica brillante ni hologramas; solo el olor a aceite de motor, metal viejo y la disciplina de una unidad militar que se negaba a morir.
Mantengan las manos donde podamos verlas ordenó el sargento Vance, el h