El rugido del motor del transporte táctico era lo único que desafiaba el estruendo del Océano Pacífico.
El grupo avanzaba hacia el sur por la mítica Ruta 1, la carretera que serpentea por los acantilados de la costa californiana.
A la derecha, un abismo de rocas y espuma blanca; a la izquierda, las laderas empinadas cubiertas de vegetación salvaje que empezaba a devorar el asfalto.
Valeria conducía con los ojos fijos en el espejo retrovisor. Sus heridas del laboratorio en Palo Alto habían sid