El amanecer en Big Sur no trajo consigo el canto de los pájaros, sino el rugido de motores diésel que habían permanecido en silencio durante casi una década.
Bajo el dosel de las secuoyas, la Guardia de Hierro preparaba su salida. No era una huida, era un despliegue.
Camiones blindados cubiertos con redes de camuflaje, tanques antiguos que no dependían de sistemas computarizados y soldados con rostros endurecidos por años de aislamiento.
Valeria revisaba su equipo junto al transporte táctico.