La costa de Washington se presentaba ante el convoy como un cementerio de barcos oxidados y muelles colapsados, envueltos en una bruma salina que corroía el metal y la esperanza por igual.
El grupo de la Guardia de Hierro, ahora reducido a tres vehículos operativos tras las emboscadas en la niebla, se detuvo frente a una estructura de hormigón brutalista que emergía de la arena como el colmillo de un titán enterrado.
Era la entrada al Complejo de Mantenimiento Submarino del Estrecho de Puget.