231. VIEJAS CUENTAS

Entro a mi despacho apoyado en mi bastón, con un tabaco en la boca. Miro a mi asistente por un momento, tratando de decidir si preguntar o no. Al ver que sigue enfrascado en su trabajo en la computadora, me decido y le pregunto:  

—¿Lograron por fin localizar dónde se encuentra?  

—Sí, sabemos exactamente dónde está, mire —dice alargándome unos papeles—, pero creo que nos va a ser difícil apode
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