HENRY:
Su sonrisa me golpea como un rayo de luz, pero antes de que pueda responderle, se lleva una mano al vientre y frunce el ceño, aplastando su expresión risueña con una mueca.
—¿Estás bien? —pregunto, más rápido de lo que puedo pensar. Lúa deja escapar un gemido suave, pero no responde de inmediato. Sus dedos comienzan a apretar los míos con más fuerza. Una mano me arrebata las llaves y, al mirar, respiro aliviado al ver que es papá. —Menos mal que vino mi suegro —dice Lúa al ver aparecer a papá—, porque a este paso tendré el bebé aquí, o quizás nos matemos por el camino. —¡Gracias al cielo que viniste, papá! —exclamo hecho un manojo de nervios—, creo que voy a vomitar. —Vamos, hijo, que no se diga. Lúa, sujétate de