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Capítulo 5: Ecos en la Oscuridad

El tiempo en la oscuridad no se medía en minutos ni en horas, sino en latidos de un corazón aterrorizado. Para Elena, encerrada en el sótano de la Hacienda Vargas, el tiempo había dejado de existir. Solo había negrura. Una oscuridad tan densa, tan absoluta, que parecía tener peso físico, presionando contra sus globos oculares y llenando sus pulmones con cada respiración entrecortada.

El aire olía a tierra húmeda, a vino avinagrado y a algo más antiguo, algo parecido a la decadencia. Elena estaba acurrucada en el último escalón de la escalera de madera, con las rodillas apretadas contra el pecho y la frente apoyada en ellas. Sus ojos estaban abiertos de par en par, aunque no servía de nada; la negrura era idéntica con los ojos abiertos o cerrados.

Su mente, privada de estímulos visuales, comenzó a jugar trucos crueles. Las sombras parecían moverse en el rabillo de su ojo inexistente. Escuchaba rasguños. Pequeñas garras correteando por el suelo de tierra apisonada. ¿Ratas? ¿Insectos? ¿O simplemente los demonios de su propia imaginación cobrando vida?

*No soy mi padre*, se repitió mentalmente, como un mantra desesperado. *No merezco esto. No hice nada.*

Pero la lógica no tenía cabida en el pánico. El miedo infantil a la oscuridad, ese que había creído superar años atrás, regresó con la fuerza de un tsunami. Recordó las noches en la mansión Castillo, cuando su padre la dejaba sola para ir a sus fiestas, y la casa crujía como si estuviera viva. Pero al menos allí tenía una lámpara de noche. Aquí, no tenía nada.

¡Alejandro! gritó de nuevo, aunque su voz ya era solo un graznido ronco. Por favor...

Nadie respondió. El silencio de la casa era una losa de mármol sobre su cabeza.

Mientras tanto, dos pisos más arriba, la escena no podía ser más diferente.

El salón principal de la hacienda estaba bañado en la luz cálida de la chimenea. El fuego crepitaba alegremente, devorando leños de roble y perfumando el aire con un aroma ahumado y acogedor. Alejandro estaba sentado en un sillón de cuero marrón, con una copa de coñac en la mano. Su mirada estaba fija en las llamas, sus ojos oscuros reflejando el baile naranja del fuego, pero su mente estaba lejos.

Sofía estaba sentada en el sofá frente a él, con las piernas cruzadas elegantemente. Se había cambiado el traje manchado por un vestido de seda verde esmeralda que dejaba su espalda al descubierto. Sostenía su propia copa y observaba a Alejandro con una mezcla de deseo y cálculo.

Estás muy callado esta noche, cariño, dijo Sofía, rompiendo el silencio. Su voz era suave, diseñada para seducir.

Estoy pensando, respondió Alejandro secamente, sin apartar la vista del fuego.

¿En qué? ¿En la fusión con los italianos? ¿O en la pequeña rata que tienes encerrada en el sótano?

La mención de Elena hizo que la mandíbula de Alejandro se tensara. Dio un trago largo a su coñac, sintiendo el ardor del alcohol bajar por su garganta, pero no fue suficiente para quemar la inquietud que sentía en el estómago.

No estoy pensando en ella, mintió. Ella no merece mis pensamientos.

Sofía se levantó y caminó hacia él. Se sentó en el brazo de su sillón, deslizando una mano manicurada por el hombro de Alejandro, jugando con el cuello de su camisa.

Hiciste lo correcto, Alejandro, ronroneó ella cerca de su oído. Ella te faltó al respeto. Me atacó. Una mujer así necesita mano dura. Si la dejas salirse con la suya ahora, nunca te respetará. Es igual que Ricardo. Arrogante.

Alejandro cerró los ojos por un momento. La imagen de la cara de Elena cuando la arrastró hacia la puerta del sótano brilló en su memoria. Sus ojos color miel estaban llenos de lágrimas, sí, pero también de una verdad que le incomodaba. *Yo no lo hice*, había dicho ella. Y por una fracción de segundo, había parecido sincera.

Pero era una Castillo. Los Castillo mentían tan fácilmente como respiraban. Su padre le había mentido a la cara a su propio padre hace veinte años, prometiendo amistad mientras le clavaba un puñal en la espalda. La manzana no caía lejos del árbol.

Se lo merecía, dijo Alejandro, más para convencerse a sí mismo que a Sofía. Necesita aprender humildad.

Exacto, coincidió Sofía, trazando la línea de su mandíbula con un dedo. Y cuando se rompa, cuando finalmente entienda su lugar, podrás deshacerte de ella. Divórciate, mándala a la calle sin un centavo y recupera tu libertad. Entonces... podremos concentrarnos en nosotros.

Alejandro apartó la cara suavemente, esquivando su toque. Se puso de pie y caminó hacia la ventana, mirando la oscuridad exterior.

No hay un nosotros, Sofía. Te lo he dicho muchas veces. Mi vida está dedicada a recuperar el legado de mi familia. No tengo espacio para el romance.

Sofía no se dio por vencida. Se levantó y caminó hacia él, abrazándolo por la espalda, apoyando su mejilla contra su ancha espalda.

No es romance, Alejandro. Es una alianza. Tú y yo somos iguales. Somos fuertes. Implacables. Imagina lo que podríamos construir juntos si dejaras de obsesionarte con el pasado y miraras al futuro.

Alejandro miró su propio reflejo en el cristal oscuro de la ventana. Se veía cansado. Se veía duro. Se había convertido en el monstruo que necesitaba ser para destruir a Ricardo Castillo, pero ahora que la venganza estaba en marcha, el sabor de la victoria era más ceniza que dulce.

Ve a dormir, Sofía, dijo él, soltándose de su abrazo.

¿Y tú?

Tengo trabajo que hacer.

Sofía suspiró, claramente frustrada, pero lo suficientemente inteligente como para no presionar más por esa noche.

Buenas noches, Alejandro. No trabajes demasiado. Y deja a la criada en el sótano un par de horas más. Le vendrá bien el frío para bajarle los humos.

Sofía salió del salón, el susurro de su vestido de seda desvaneciéndose en el pasillo.

Alejandro se quedó solo.

Miró el reloj de abuelo en la esquina. Eran las dos de la madrugada. Elena llevaba encerrada casi ocho horas.

Ocho horas en la oscuridad total.

Alejandro maldijo en voz baja y se sirvió otra copa. *Es una lección*, se dijo. *Solo es una lección.*

Pero el recuerdo de su padre volvió a él. Recordó la noche en que su padre se suicidó. Recordó haberlo encontrado en el despacho, la oscuridad, el frío. Recordó cómo la desesperación podía devorar a una persona en cuestión de horas.

Elena no era su padre. Pero era humana.

De repente, el silencio de la casa ya no pareció tranquilo, sino acusador. Alejandro dejó el vaso sobre la repisa de la chimenea con un golpe seco. El cristal casi se rompe.

Maldita sea, gruñó.

Salió del salón y caminó hacia el vestíbulo. Sus pasos resonaron con fuerza, decididos. Pasó por delante de la puerta del sótano y se detuvo. Puso la mano en el pomo de metal. Estaba frío al tacto.

No se escuchaba nada al otro lado. Ni llantos. Ni gritos. Nada.

Ese silencio lo inquietó más que cualquier súplica.

Giró el cerrojo. El sonido metálico fue agudo en la quietud de la noche. Abrió la puerta.

La oscuridad del hueco de la escalera era absoluta, como una boca abierta lista para tragarlo. Alejandro encendió la luz del pasillo, permitiendo que un haz amarillo cortara las tinieblas y descendiera por los escalones de madera.

¿Elena? llamó.

No hubo respuesta.

Alejandro frunció el ceño. Bajó un escalón. Luego otro.

Si estás durmiendo, te sugiero que te despiertes, dijo con voz dura. No tengo toda la noche.

Llegó al final de la escalera. El suelo de tierra estaba húmedo. El aire estaba viciado. Alejandro miró a su alrededor, esperando encontrarla sentada, desafiante, o quizás llorando en un rincón.

La encontró ovillada debajo del hueco de la escalera, apretada contra la pared como si intentara fundirse con ella.

Estaba temblando. No eran temblores normales; eran convulsiones violentas que sacudían todo su cuerpo pequeño. Tenía los ojos cerrados con fuerza y las manos tapándose los oídos.

Elena, dijo Alejandro, acercándose. Se ha acabado el castigo. Levántate.

Ella no reaccionó. No pareció escucharlo. Estaba murmurando algo, palabras rápidas e ininteligibles, un flujo de conciencia roto.

Alejandro se agachó junto a ella. Al verla de cerca, algo en su pecho se contrajo dolorosamente, una sensación que reprimió de inmediato. Estaba pálida, mortalmente pálida, y sus labios tenían un tinte azulado.

No apagues la luz... papá, no apagues la luz... susurró ella, su voz apenas un hilo. Hay monstruos... hay monstruos en la pared...

Alejandro se quedó helado. No estaba hablando con él. Estaba atrapada en algún recuerdo, o en una alucinación provocada por el pánico.

Elena, dijo él, más fuerte, agarrándola por los hombros.

Al tocarla, se dio cuenta de su error. Su piel no estaba solo fría; estaba helada. El vestido gris y el delantal eran demasiado finos para protegerla de la humedad del sótano durante tantas horas. Estaba entrando en hipotermia.

¡Elena! La sacudió con brusquedad. ¡Mírame!

Los ojos de Elena se abrieron de golpe. Pero no lo vieron a él. Miraron a través de él, vidriosos y desenfocados, llenos de un terror absoluto.

No... no... gritó ella, tratando de alejarse, golpeando su pecho con manos débiles. ¡Aléjate! ¡No me toques!

Soy yo, Alejandro, dijo él, agarrando sus muñecas para detener sus golpes ineficaces.

¡El diablo! sollozó ella, con una angustia que le heló la sangre a Alejandro. ¡El diablo ha venido! ¡Papá me vendió al diablo!

La acusación le golpeó como una bofetada física. *El diablo.* Así es como ella lo veía. No como un justiciero, no como un hombre que reclamaba lo suyo, sino como un monstruo.

Maldita sea, siseó Alejandro.

No podía dejarla allí. Pasó un brazo por debajo de sus rodillas y otro por su espalda, levantándola en vilo. Pesaba muy poco. Demasiado poco. Se dio cuenta de que no la había visto comer nada en dos días, salvo ese trozo de pan rancio.

Elena luchó débilmente contra él durante un segundo, y luego su cuerpo se quedó flácido, su cabeza cayendo contra el hombro de Alejandro. Se había desmayado.

Alejandro subió las escaleras de dos en dos, con el corazón latiéndole con una fuerza inusual. Salió al vestíbulo y pateó la puerta del sótano para cerrarla.

Caminó rápidamente por el pasillo. No podía llevarla al torreón. Allí hacía tanto frío como en el sótano. Dudó un segundo frente a la habitación de invitados donde dormía Sofía, pero descartó la idea al instante. Sofía haría preguntas. Sofía disfrutaría viéndola así.

Maldiciendo su propia debilidad, Alejandro giró hacia el ala este, hacia su propia suite.

Entró en su habitación, un espacio amplio y masculino dominado por una enorme cama de tamaño king y una chimenea que, afortunadamente, aún conservaba brasas encendidas.

Depositó a Elena sobre la colcha de seda gris. Su cuerpo inerte parecía una mancha oscura sobre la tela lujosa. Alejandro comprobó su pulso en el cuello. Era rápido y errático.

Matilde, murmuró para sí mismo, pensando en llamar a la ama de llaves. Pero Matilde la odiaba. Matilde probablemente diría que era una actuación.

Tendría que hacerlo él mismo.

Alejandro fue al baño y abrió el grifo de la bañera, dejando que el agua caliente llenara el espacio de vapor. Regresó a la cama. Necesitaba quitarle esa ropa húmeda y sucia.

Se detuvo un momento, sus manos flotando sobre los botones del vestido gris de Elena. Se recordó a sí mismo que esto no era sexual. Era una necesidad médica. Era supervivencia. No podía dejar que su "inversión" muriera la primera semana. Eso arruinaría el plan.

Con dedos hábiles pero extrañamente reacios, desabrochó el vestido y se lo quitó, dejándola en su ropa interior sencilla. Su piel estaba erizada, la carne de gallina cubriendo sus brazos y piernas. Vio moratones en sus rodillas, marcas de haber estado fregando el suelo durante horas. Vio lo delgada que estaba, sus costillas marcándose suavemente bajo la piel pálida.

Una extraña sensación de culpa, amarga y no deseada, subió por la garganta de Alejandro. Él había hecho esto. Él, que se enorgullecía de ser mejor que Ricardo Castillo, había reducido a una mujer a este estado tembloroso y roto en menos de cuarenta y ocho horas.

La levantó de nuevo y la llevó al baño. El calor húmedo lo golpeó. Metió a Elena en la bañera con cuidado, todavía con su ropa interior puesta.

En cuanto el agua caliente tocó su piel, Elena jadeó, un sonido agónico, y sus ojos se abrieron de nuevo.

¡Quema! gritó ella, intentando salir. ¡Quema!

No quema, Elena. Es el contraste, dijo Alejandro, sujetándola por los hombros para mantenerla sumergida. Tienes que calentarte. Quédate quieta.

Ella luchó, salpicando agua por todas partes, mojando la camisa blanca de Alejandro.

¡Déjame ir! ¡Por favor, déjame ir! lloraba ella, completamente desorientada.

¡Elena, basta! ordenó él, usando su voz de mando, la que usaba con sus caballos y sus empleados.

Algo en su tono atravesó la niebla de su delirio. Ella se detuvo, mirándolo fijamente. Sus dientes castañeteaban tan fuerte que temía que se rompieran.

¿Por qué... por qué me odias tanto? preguntó ella, con una claridad repentina y devastadora. Yo... yo solía pintar cuadros... yo nunca hice daño a nadie...

Alejandro se quedó inmóvil, con las manos aún sujetando sus hombros mojados. El agua y el vapor suavizaban las facciones de Elena, haciéndola parecer increíblemente joven y vulnerable. No había arrogancia en ella. No había maldad. Solo había dolor.

Tu apellido es tu condena, dijo él, aunque la frase sonó vacía incluso para sus propios oídos.

Elena cerró los ojos, las lágrimas mezclándose con el agua de la bañera.

Entonces mátame, susurró. Mátame y acaba con esto. Es mejor que... que esta oscuridad.

Alejandro sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Soltó sus hombros y se sentó en el borde de la bañera, pasándose una mano mojada por el pelo.

Estaba acostumbrado a luchar contra monstruos. Estaba preparado para luchar contra un Ricardo Castillo con falda. No estaba preparado para esto. No estaba preparado para una mujer que prefería la muerte a su compañía.

No vas a morir, dijo él roncamente. No tienes mi permiso para morir.

Se quedó allí, vigilándola en silencio mientras el color volvía lentamente a sus mejillas y los temblores disminuían. Cuando el agua comenzó a enfriarse, la sacó. La envolvió en una de sus toallas de baño gruesas y negras, secándola con una eficiencia impersonal.

La llevó de vuelta a la cama. Esta vez, la metió bajo el edredón de plumas.

Elena se hundió en la suavidad del colchón, su cuerpo agotado rindiéndose al sueño casi al instante.

Alejandro se quedó de pie junto a la cama, observándola. Debería llevarla al torreón. Debería sacarla de su habitación. Si Sofía la encontraba aquí por la mañana, habría una guerra.

Pero no podía moverla. No ahora.

Se dirigió al sofá que había al otro lado de la habitación, se quitó la camisa mojada y se sirvió otra copa.

Se sentó en la oscuridad, mirando la forma inmóvil de su esposa en su cama.

¿Qué estás haciendo, Alejandro? se preguntó a sí mismo en el silencio de la noche.

Justo cuando estaba a punto de cerrar los ojos, el teléfono en su mesita de noche vibró, rompiendo la paz. Alejandro se levantó rápidamente para cogerlo antes de que el sonido despertara a Elena.

Miró la pantalla. Número desconocido.

Eran las tres de la mañana. Nada bueno llegaba a esa hora.

¿Sí? contestó, su voz baja y cautelosa.

Señor Vargas, dijo una voz masculina al otro lado. Soy el investigador privado. Tengo el informe que pidió sobre las cuentas ocultas de Ricardo Castillo en las Islas Caimán.

Alejandro miró a Elena.

¿Y?

Hay algo extraño, señor, dijo el investigador. Encontré las transferencias. Miles de euros movidos durante años. Pero... no fueron hechas por Ricardo.

Alejandro frunció el ceño, su agarre en el teléfono apretándose.

¿De qué estás hablando? ¿Quién las hizo entonces?

La firma digital, señor... las transferencias están autorizadas con una clave que pertenece a una cuenta secundaria. Una cuenta asociada a un nombre que le resultará familiar.

¿Qué nombre? exigió Alejandro, sintiendo un sudor frío recorrer su espalda.

El investigador hizo una pausa.

La cuenta está a nombre de Sofía Mendoza, señor.

El mundo de Alejandro se detuvo. El teléfono casi se le resbaló de la mano. Miró hacia la puerta de su habitación, hacia el pasillo donde dormía Sofía, y luego hacia la mujer inocente que dormía en su cama, la mujer a la que había estado torturando por crímenes que tal vez no eran suyos.

Envíame las pruebas, dijo Alejandro, su voz temblando de una furia contenida que era mil veces más peligrosa que la que había sentido hacia Elena. Envíame todo. Ahora.

Colgó el teléfono.

La tormenta fuera había pasado, pero dentro de la Hacienda Vargas, el verdadero huracán acababa de comenzar. Alejandro miró a Elena, y por primera vez en veinte años, la certeza de su venganza se agrietó, revelando un abismo de horror bajo sus pies.

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