La tormenta al otro lado de los ventanales de piso a techo de la mansión Castillo reflejaba el caos que reinaba en el interior del estudio. La lluvia azotaba el cristal como mil látigos diminutos, exigiendo entrar. Dentro, el aire estaba denso, cargado con el olor a whisky rancio y a cigarros caros que se habían consumido hasta convertirse en ceniza hacía horas.Elena Castillo permanecía de pie junto a la pesada puerta de roble, con las manos entrelazadas con fuerza sobre su vestido blanco. Sus nudillos estaban blancos, drenados de sangre, una traición física a la fachada de calma que intentaba mantener. Observaba a su padre, Ricardo Castillo, caminar de un lado a otro sobre la alfombra persa. Parecía un animal atrapado. Su cabello gris estaba desaliñado y su chaqueta de traje, habitualmente impecable, había sido arrojada descuidadamente sobre un sillón de cuero."Padre, por favor", susurró Elena. Su voz era suave, apenas audible sobre el trueno que retumbaba en el cielo. "Necesitas s
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