La paz, descubrió Clara Vargas a sus veintitrés años, era un concepto engañoso. En la Hacienda Vargas, la paz no era la ausencia de guerra, sino simplemente el periodo de tiempo en el que recargabas las armas para la siguiente batalla.
Clara, la hija de Leo y la bisnieta de Alejandro, estaba sentada en el borde de la fuente del jardín principal, remojando los pies descalzos en el agua fría. Era una noche de verano pegajosa, de esas en las que el aire parece sólido y los grillos cantan con una u