El otoño había avanzado con una agresividad que nadie esperaba. Después de la fiesta del Centenario, el cielo sobre el Valle del Silencio se había cerrado como una herida infectada, tornándose de un gris plomizo que prometía violencia. Y la promesa se cumplió. Llevaba lloviendo tres días sin pausa, una lluvia torrencial, vertical y fría que había convertido los caminos de tierra entre los viñedos en ríos de lodo impracticable.
Alex Vargas estaba de pie en la ventana de la cocina, con una taza d