El silencio que siguió a la fiesta del Centenario no fue un silencio vacío. Fue un silencio denso, cargado de ecos, como el zumbido que queda en el aire después de que una campana gigante ha dejado de tañer. La Hacienda Vargas amaneció bajo una bruma suave que cubría los viñedos como una manta de algodón, protegiendo los secretos y las resacas de la noche anterior.
Leo Vargas fue el primero en levantarse. A pesar de haber sido el anfitrión, el maestro de ceremonias y el último en acostarse tras