El tiempo en el Valle del Silencio tenía una manera particular de doblarse sobre sí mismo, como las ramas de una vid vieja que busca el sol. Habían pasado quince años desde la muerte de Lucas Vargas. La Hacienda, que una vez fue una fortaleza de soledad y secretos, era ahora un bullicioso centro de vida, innovación y memoria.
Leo Vargas, a sus treinta y siete años, estaba de pie en la sala de control de la bodega. Las paredes de cristal le permitían ver la nave de fermentación abajo, donde los