El amanecer en la Hacienda Vargas siempre llegaba con una promesa implícita: la tierra seguiría allí, inmutable, esperando el trabajo de los hombres. Pero esa mañana de martes, cuando el sol cruzó las montañas y golpeó los cristales del despacho principal, iluminó una quietud que no pertenecía al mundo de los vivos.
Leo Vargas entró en la biblioteca con dos tazas de café en la mano, como hacía cada mañana desde que su padre había delegado las operaciones diarias pero se negaba a dejar de "super