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Capítulo 4: La Reina sin Corona

La mañana siguiente llegó cargada de una tensión eléctrica que se podía saborear en el aire. La tormenta había amainado, dejando tras de sí un cielo de un azul pálido y frío, pero dentro de los muros de piedra de la Hacienda Vargas se estaba gestando una tormenta diferente.

Elena se despertó antes de que Matilde tuviera la oportunidad de aporrear su puerta. Sus manos, enrojecidas y agrietadas por la lejía del día anterior, le dolían al cerrarlas en un puño. Se miró las palmas; había pequeñas ampollas formándose en la base de sus dedos, insignias vergonzosas de su nueva realidad. No había crema hidratante en su pequeña celda del torreón, ni agua caliente para calmar sus músculos entumecidos. Solo había silencio y la promesa de otro día de infierno.

Se vistió rápidamente con el uniforme gris, que todavía olía levemente a humedad, y trenzó su cabello con dedos temblorosos. Se miró en el espejo manchado una última vez. Sus ojos habían perdido el brillo desafiante de su juventud, reemplazado por una cautela animal. Parecía un fantasma de la mujer que había sido apenas cuarenta y ocho horas antes.

Al bajar a la cocina, el ambiente era frenético. No era el ritmo habitual de trabajo; era pánico. Las cocineras corrían de un lado a otro, el aroma a pasteles recién horneados y café de alta calidad inundaba el espacio, y Matilde ladraba órdenes como un general en el campo de batalla.

«Tú», gritó Matilde al ver entrar a Elena. «Llegas tarde».

«Me he levantado a la misma hora que ayer», respondió Elena con voz calmada, dirigiéndose hacia la cafetera.

«Hoy no es ayer», replicó la ama de llaves, arrebatándole la taza de las manos antes de que pudiera servirse una gota. «Hoy llega la señorita Sofía. Todo debe estar perfecto. No tienes tiempo para beber café. Ve a la suite de invitados del ala oeste. Quiero que cambies las sábanas, pases el polvo dos veces y asegúrates de que haya lirios frescos en los jarrones. A ella le encantan los lirios blancos».

Elena sintió una punzada de amargura. Lirios blancos. Sus flores favoritas también. Una cruel coincidencia.

«¿La suite de invitados?», preguntó Elena. «¿La que está al lado de la habitación de Alejandro?».

Matilde sonrió, una mueca que estiró sus labios finos sin llegar a sus ojos.

«Exactamente. La señorita Sofía siempre se aloja allí. Es su lugar. Ahora muévete, niña. Llega en una hora».

Elena tomó los productos de limpieza y subió las escaleras principales. Sus botas pesadas resonaban en el mármol que había pulido con su propio sudor el día anterior. Al pasar por el pasillo del ala oeste, notó la diferencia inmediatamente. Esta parte de la casa estaba más cálida, mejor decorada, con alfombras persas que amortiguaban sus pasos.

Entró en la suite de invitados y se detuvo. Era hermosa. Mucho más grande que su torreón, con grandes ventanales que daban a los viñedos, una cama con dosel cubierta de sedas color crema y un baño privado con una bañera de patas de garra. Era una habitación digna de una reina.

Elena comenzó a trabajar, luchando contra las lágrimas de frustración. Cambió las sábanas, alisando cada arruga con una precisión obsesiva. Limpió el polvo de los muebles de caoba antigua. Mientras colocaba los lirios frescos en un jarrón de cristal sobre la mesita de noche, vio un marco de fotos olvidado en el cajón entreabierto.

La curiosidad pudo más que ella. Lo sacó.

Era una fotografía tomada hacía años, probablemente en un verano lejano. En ella, un Alejandro mucho más joven, sin la barba y sin la mirada de hielo que tenía ahora, sonreía a la cámara. Tenía un brazo alrededor de una mujer deslumbrante. Cabello rubio oscuro cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros, ojos verdes felinos y una sonrisa que gritaba triunfo.

Sofía Mendoza.

Se veían felices. Se veían como una pareja destinada a gobernar el mundo juntos. Elena sintió un dolor agudo en el pecho. Ella no era solo la hija del enemigo; ella era el obstáculo, la intrusa que ocupaba el espacio legal de esta mujer perfecta. Alejandro no solo la odiaba por su padre; la odiaba porque su presencia le impedía tener esto.

El sonido de un motor potente rugiendo en el camino de entrada la sacó de sus pensamientos. Elena dejó la foto donde la había encontrado y corrió hacia la ventana, escondiéndose detrás de la pesada cortina de terciopelo.

Un descapotable rojo deportivo, un contraste violento contra la piedra gris de la hacienda, frenó frente a la entrada principal. Detrás de él, un coche negro más grande se detuvo, presumiblemente con el equipaje.

La puerta del conductor del deportivo se abrió y Sofía Mendoza salió.

Elena contuvo el aliento. Si en la foto era hermosa, en persona era devastadora. Llevaba un traje de pantalón blanco impecable que desafiaba la suciedad del campo, tacones de aguja rojos y unas gafas de sol de diseñador que ocultaban sus ojos. Se movía con una gracia depredadora, segura de su entorno.

La puerta principal de la casa se abrió y Alejandro salió a recibirla.

Elena sintió que el corazón se le detenía. Alejandro no llevaba su habitual expresión de furia contenida. Parecía relajado. Bajó los escalones con prisa, algo que nunca había hecho por Elena.

Sofía se quitó las gafas de sol y sonrió. Abrió los brazos y Alejandro la envolvió en un abrazo apretado, levantándola ligeramente del suelo. Ella rió, un sonido claro que llegó hasta la ventana del segundo piso, y le besó ambas mejillas con una familiaridad que hizo que Elena se sintiera como una voyeur, espiando una vida que no le pertenecía.

«¡Alejandro!», exclamó Sofía, su voz melodiosa. «¡Te he echado de menos, mi amor!».

«Y yo a ti, Sofía», respondió él. Su voz tenía un tono que Elena no conocía: calidez. «Has tardado demasiado en volver».

«París era aburrido sin ti», dijo ella, acariciando la solapa de su chaqueta. «Pero he vuelto. Y he oído las noticias. Tengo curiosidad por ver tu nueva adquisición».

La sonrisa de Alejandro se endureció ligeramente, volviendo a su habitual cinismo.

«No es nada digno de ver, te lo aseguro. Solo un medio para un fin».

Elena se apartó de la ventana, sintiendo náuseas. «Una adquisición. Un medio para un fin». Eso era todo lo que ella era.

Unos minutos después, escuchó voces en el pasillo. Elena intentó hacerse pequeña, pegándose a la pared junto al armario, esperando pasar desapercibida hasta que pudiera escabullirse por la puerta de servicio.

La puerta de la suite se abrió y Alejandro entró, llevando una de las maletas pequeñas de Sofía, seguido por la propia mujer.

«Es perfecta, Alejandro, como siempre», dijo Sofía, girando sobre sus talones para admirar la habitación. «Oh, y has puesto lirios. Te acuerdas».

«No olvido lo que es importante», dijo él suavemente.

Entonces, la mirada de Sofía recorrió la habitación y se detuvo en Elena, que estaba parada en la esquina, con la cabeza baja y las manos entrelazadas sobre su delantal sucio.

El silencio se estiró, denso y cruel.

«Vaya», dijo Sofía, su tono cambiando de dulce a ácido en un milisegundo. «¿Esta es la nueva criada? No me gusta, Alejandro. Tiene cara de mustia. Y ese uniforme le queda terrible».

Alejandro no miró a Elena. Mantuvo sus ojos fijos en Sofía.

«No es una criada nueva, Sofía. Es Elena».

Sofía parpadeó, fingiendo sorpresa de una manera teatral.

«¿Elena? ¿Elena Castillo?».

Caminó hacia Elena, el sonido de sus tacones clavándose en el suelo de madera como disparos. Se detuvo a un metro de distancia, inspeccionándola como si fuera un caballo que estaba pensando en comprar y hubiera encontrado defectuoso.

«Dios mío», susurró Sofía con una risa burlona. «Mírate. La hija del gran Ricardo Castillo. Recuerdo haberte visto en las galas benéficas, siempre tan altiva, tan llena de joyas. ¿Qué ha pasado? ¿Se te ha caído la corona?».

Elena levantó la vista. No podía permitir que esta mujer la pisoteara sin defenderse.

«Sigo siendo la misma persona, Sofía», dijo Elena con voz firme. «La ropa no cambia quién soy».

Sofía arqueó una ceja perfectamente depilada. Se giró hacia Alejandro.

«Habla», dijo, como si fuera un truco de perro interesante. «Qué atrevida. Pensé que la habías domesticado, Alejandro».

«Estoy en proceso», dijo Alejandro secamente, cruzándose de brazos. «Elena, ayuda a Sofía a deshacer el equipaje. Cuelga su ropa. Y ten cuidado. Sus vestidos valen más de lo que tu padre robó en un año».

Elena sintió que la sangre le hervía.

«No soy su doncella, Alejandro».

«Lo eres si yo digo que lo eres», rugió él, su voz llenando la habitación y haciendo vibrar los cristales. «Haz lo que se te dice, o dormirás en las perreras esta noche».

Elena apretó los dientes tan fuerte que le dolió la mandíbula. Miró a Alejandro, desafiándolo con la mirada, pero él no cedió. La amenaza en sus ojos era real.

Lentamente, Elena caminó hacia las maletas.

«Buena chica», dijo Sofía, sentándose en el borde de la cama y cruzando las piernas. «Empieza por la maleta azul. Están mis vestidos de noche. No los arrugues».

Elena abrió la maleta. El interior estaba lleno de sedas, encajes y terciopelos. El olor a perfume caro emanó de la ropa, burlándose de su propio olor a lejía. Comenzó a sacar las prendas, colocándolas en perchas con movimientos mecánicos.

Sofía y Alejandro continuaron hablando como si ella no existiera, o peor, como si fuera parte del mobiliario.

«¿Cómo van los viñedos?», preguntó Sofía.

«Bien. La cosecha de este año será excelente. El clima ha sido favorable», respondió Alejandro.

«¿Y la fusión con los inversores italianos?».

«Cerrada. Ahora que tengo el control total de las tierras colindantes, gracias a la adquisición de las propiedades de Castillo, tenemos el monopolio del valle».

Sofía soltó una risita encantada.

«Brillante, Alejandro. Siempre supe que recuperarías lo que era tuyo. Y ahora, con el lastre de Castillo fuera del camino...».

Hizo una pausa significativa, mirando la espalda de Elena.

«...podemos concentrarnos en el futuro. Es una lástima que hayas tenido que casarte con la hija para conseguir las tierras. Debe ser desagradable. Tener la sangre de un traidor en tu cama».

«No comparte mi cama», dijo Alejandro rápidamente. Su voz era dura.

Elena se detuvo un segundo, con un vestido de seda roja en las manos. La confirmación pública de su rechazo dolió más de lo que esperaba.

«Me alegra oír eso», ronroneó Sofía. «Sería un desperdicio».

Cuando Elena terminó de colgar el último vestido, se giró hacia ellos.

«He terminado», dijo. «¿Puedo retirarme?».

Sofía la miró con desdén.

«Puedes. Pero asegúrate de estar lista para el almuerzo. Quiero mi té servido en la terraza. Y Elena, límpiate esas manos antes de tocar mi porcelana. Das asco».

Elena salió de la habitación con la cabeza alta, pero en cuanto cerró la puerta y estuvo fuera de su vista, tuvo que apoyarse en la pared para no caerse. Sus piernas temblaban. La humillación era un peso físico sobre sus hombros.

El almuerzo fue servido en la terraza de piedra que daba a los viñedos. El sol brillaba ahora con fuerza, calentando la piedra. Alejandro y Sofía estaban sentados bajo una sombrilla blanca, riendo y bebiendo vino. Parecían la imagen perfecta de la felicidad aristocrática.

Elena se quedó de pie a unos metros de distancia, bajo el sol abrasador, esperando órdenes. Matilde le había prohibido entrar en la sombra.

«¿Más vino, Sofía?», preguntó Alejandro.

«Por favor», dijo ella, extendiendo su copa.

Alejandro hizo un gesto con la mano hacia Elena, sin mirarla.

«Sirve».

Elena se acercó, tomó la botella de la cubitera de hielo y vertió el vino blanco en la copa de Sofía. Sus brazos estaban agotados, y el calor la estaba mareando.

«Gracias», murmuró Sofía, tomando un sorbo. Luego miró a Elena con una sonrisa maliciosa. «Oh, espera. He cambiado de opinión. Este vino está demasiado caliente. Quiero té helado».

Alejandro no dijo nada. Solo observó.

«Voy a buscarlo», dijo Elena, retirando la copa.

Fue a la cocina, preparó el té helado y volvió. El viaje de ida y vuelta bajo el sol la estaba deshidratando, pero no se quejó.

«Aquí tiene», dijo Elena, colocando el vaso alto sobre la mesa frente a Sofía.

Sofía extendió la mano para tomarlo, pero en el último segundo sus dedos golpearon el vaso deliberadamente.

El té helado, pegajoso y frío, se derramó por todo el mantel blanco y salpicó el inmaculado traje de pantalón de Sofía.

«¡Ah!», gritó Sofía, poniéndose de pie de un salto y retrocediendo dramáticamente. «¡Me has quemado! ¡Estúpida inútil!».

Elena se quedó paralizada.

«Yo no... tú lo golpeaste...», empezó a decir Elena.

«¡Mentirosa!», chilló Sofía, sacudiendo su ropa. «¡Lo has tirado a propósito! ¡Alejandro, mira lo que ha hecho! ¡Me ha atacado!».

Alejandro se levantó lentamente. Su rostro era una máscara de furia gélida. Miró la mancha en la ropa de Sofía y luego miró a Elena.

«¿Es cierto?», preguntó él, su voz peligrosamente baja. «¿Le has tirado la bebida encima?».

«No, Alejandro, te lo juro», dijo Elena, con los ojos muy abiertos. «Ella extendió la mano y...».

«¡Basta!», rugió Alejandro, golpeando la mesa con el puño. Los cubiertos tintinearon con violencia.

«No voy a tolerar esto, Elena. No voy a tolerar tus celos infantiles ni tu incompetencia. Sofía es una invitada en esta casa. Es intocable. Y tú acabas de agredirla».

«¡No la he agredido!», gritó Elena, desesperada, sintiendo que las lágrimas de impotencia finalmente se desbordaban. «¡Ella lo ha hecho a propósito para que me culpes! ¿No lo ves? ¡Me odia!».

Alejandro rodeó la mesa en dos zancadas largas. Agarró a Elena por el brazo, sus dedos clavándose en su carne con fuerza, y la sacudió.

«Nadie te cree», siseó él en su cara. «Eres la hija de un mentiroso. La mentira corre por tus venas».

La arrastró lejos de la mesa, mientras Sofía observaba la escena con una sonrisa de satisfacción oculta detrás de una servilleta, fingiendo secarse las lágrimas.

«¡Suéltame!», suplicó Elena, tratando de liberarse, pero él era demasiado fuerte.

«Vas a aprender a respetar», dijo Alejandro, arrastrándola hacia el interior de la casa, pasando por delante de los sirvientes que miraban al suelo, temerosos de intervenir. «Vas a aprender cuál es tu lugar, aunque tenga que grabártelo en la piel».

La llevó a través del vestíbulo, hacia una puerta pesada de roble que conducía al sótano.

«¿Qué vas a hacer?», preguntó Elena, el pánico cerrando su garganta. «¡Alejandro, por favor!».

Abrió la puerta del sótano. Una bocanada de aire húmedo y rancio subió desde la oscuridad.

«Vas a pasar la tarde y la noche ahí abajo», dijo él, empujándola hacia el primer escalón. «Sin luz. Sin comida. Para que reflexiones sobre tus acciones».

«¡No!». Elena se agarró al marco de la puerta. «¡Tengo miedo a la oscuridad! ¡Por favor, Alejandro, cualquier cosa menos eso!».

«Deberías haberlo pensado antes de atacar a mi invitada», dijo él sin piedad.

Con un empujón final, la obligó a bajar los escalones. Elena tropezó, cayendo sobre sus rodillas en el suelo de tierra fría. Se giró justo a tiempo para ver la silueta de Alejandro recortada contra la luz del pasillo.

«Disfruta del silencio, esposa», dijo él.

Y cerró la puerta.

El sonido del cerrojo deslizándose fue el sonido más aterrador que Elena había escuchado en su vida. La oscuridad total la envolvió como un sudario.

«¡Alejandro!», gritó, golpeando la puerta con todas sus fuerzas. «¡Alejandro, no me dejes aquí! ¡Por favor!».

Nadie respondió. Solo el eco de su propia voz y el sonido de algo pequeño correteando en las sombras del sótano.

Elena se acurrucó contra la puerta, temblando incontrolablemente, mientras arriba, en la luz y el calor, su esposo consolaba a la mujer que había orquestado su caída, bebiendo vino y riendo sobre las ruinas de la vida de Elena.

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