El sol de la mañana se filtró a través de las pesadas cortinas de terciopelo gris, proyectando largas franjas de luz polvorienta sobre la alfombra persa de la habitación principal. Sin embargo, para Alejandro Vargas, la noche no había terminado. No había dormido.
Permanecía sentado en el sillón de cuero junto a la chimenea apagada, con la camisa blanca desabrochada hasta la mitad y el cabello revuelto por haber pasado sus manos por él una y otra vez. La botella de whisky en la mesa auxiliar estaba vacía en tres cuartas partes, pero el alcohol no había logrado adormecer la agitación que rugía en su pecho.
Sus ojos oscuros estaban fijos en la cama.
Allí, enterrada bajo un edredón de plumas que costaba más que el coche promedio de un trabajador, dormía Elena.
Ya no temblaba. Su respiración se había vuelto rítmica y profunda, un suave subir y bajar que era lo único pacífico en esa habitación cargada de tensión. Alejandro observó la curva de su mejilla contra la almohada, la palidez que em