La inmovilidad era un estado que Lucas Vargas no entendía. Para un hombre que había aprendido a caminar entre surcos de tierra irregular antes que sobre alfombras, estar confinado en un sillón con la pierna elevada y envuelta en un aparato ortopédico era una tortura más aguda que el propio dolor postquirúrgico.
Desde el ventanal del salón principal, Lucas observaba el exterior. El verano estaba dando sus últimos coletazos, y los viñedos exhibían esa pesadez lánguida previa a la vendimia. Sin em