El verano en el Valle del Silencio tenía una cualidad casi mística. Era una estación que se negaba a irse, aferrándose a la tierra como un amante celoso. El calor de agosto se había suavizado, pero la luz seguía siendo dorada y los días, largos.
Para Lucas Vargas, esos días finales del verano eran un regalo robado al tiempo. A sus sesenta y dos años, el cuerpo empezaba a pasarle facturas que su mente aún no estaba dispuesta a pagar. La rodilla lesionada era un barómetro infalible de la lluvia,