La primera mañana de Alex Vargas como Patrón oficial de la Hacienda no comenzó con un amanecer glorioso ni con fanfarrias de trompetas. Comenzó con un silencio tan denso que casi se podía masticar.
Alex estaba de pie en el umbral del despacho principal. La puerta de roble estaba abierta, invitándole a entrar, pero sus pies parecían clavados en las baldosas de terracota del pasillo. Durante cuarenta años, ese espacio había sido el santuario de su padre, Lucas, y antes de él, la guarida del león,