El tiempo es un ladrón silencioso. No te das cuenta de que te está robando hasta que miras en el espejo y ves que te ha quitado la juventud, dejándote a cambio plata en las sienes y líneas de expresión alrededor de los ojos. Pero en la Hacienda Vargas, el tiempo también había sido un donante generoso. Había traído estabilidad, prestigio y una cuarta silla pequeña a la mesa de la cocina para Sofía, la niña de los ojos de Alejandro, que ahora tenía diez años y una curiosidad insaciable.
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