El otoño había llegado al Valle del Silencio con una urgencia inusual, tiñendo las hojas de las vides de un ocre profundo que parecía reflejar el estado de ánimo en la Hacienda Vargas. Aunque la cosecha había terminado y el vino descansaba en las barricas, la verdadera tormenta se libraba en los despachos y en los pasillos de la bodega.
Lucas Vargas Montoya caminaba por la pasarela metálica que cruzaba la sala de fermentación. El eco de sus botas contra el metal resonaba en el inmenso espacio,