El silencio en el despacho de Alejandro era denso, interrumpido únicamente por el zumbido de los servidores y el repiqueteo frenético de teclas. Elena estaba sentada en la silla de cuero de su marido, rodeada por Víctor y dos expertos en informática forense que el abogado había traído desde la capital.
Llevaban seis horas allí. Seis horas desde que la policía se llevó a Alejandro esposado frente a sus hijos. Seis horas en las que Elena no había derramado una sola lágrima, transformando su angus