La mañana siguiente, cuando Elena abrió la puerta del dormitorio, encontró el pasillo vacío. No había rastro de Alejandro, salvo una manta doblada pulcramente en el suelo junto al umbral, testimonio mudo de que había cumplido su promesa de quedarse allí toda la noche.
Elena sintió una punzada de culpa mezclada con alivio. No estaba lista para verlo. No con la imagen de Victoria Santi tocándole el pecho grabada a fuego en su retina.
Bajó las escaleras. La casa estaba extrañamente silenciosa. Los