La calma que sigue a la tormenta no siempre es pacífica; a veces, es simplemente el silencio aturdido de quien contempla la devastación.
Tres días después del granizo, la Hacienda Vargas operaba bajo un manto de tensión grisácea. Aunque la casa y la familia estaban a salvo, los viñedos —el corazón palpitante del valle— sangraban. El sector sur parecía un campo de batalla: las vides desnudas, despojadas de hojas y frutos, se alzaban como esqueletos retorcidos contra el cielo. El barro se había s