El silencio de las tres de la madrugada en la Hacienda Vargas era diferente al silencio que había reinado allí durante años. Antes, era un silencio vacío, frío, el eco de una casa demasiado grande para un solo hombre lleno de fantasmas. Ahora, el silencio tenía textura. Tenía vida. Estaba puntuado por los crujidos de la cuna de madera antigua y por la respiración suave, casi imperceptible, de la criatura que había cambiado el eje del mundo de Alejandro.
Alejandro estaba de pie junto a la ventan