El sonido que llenaba la habitación infantil no era el llanto de Clara, ni una canción de cuna. Era un zumbido electrónico agudo, intermitente, que provenía del dispositivo portátil que Diego sostenía en su mano. El jefe de seguridad barría la habitación centímetro a centímetro, con el ceño fruncido y una gota de sudor rodándole por la sien, a pesar de que el aire acondicionado estaba encendido.
Alejandro observaba desde el umbral. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, tan apretados que las