El grito de Elena no fue un sonido humano. Fue el sonido de algo rompiéndose, algo fundamental y estructural en su alma.
Se quedó sentada en la cama, con el teléfono temblando en sus manos como si fuera una granada a punto de estallar. En la pantalla, el video se había detenido, congelado en el último fotograma: la espalda ancha de un hombre con una camisa blanca remangada, arrastrando lo que inconfundiblemente era un cuerpo humano envuelto en una alfombra persa hacia el maletero del Mercedes n