El regreso a la Hacienda Vargas no fue triunfal. No hubo música heroica ni suspiros de alivio instantáneo. Hubo, en cambio, un silencio denso y pesado, solo roto por el zumbido remanente en los oídos de Elena tras el vuelo en helicóptero y el latido desbocado de su propio corazón, que se negaba a desacelerar.
Alejandro la llevó en brazos desde el helipuerto hasta la casa. No permitió que sus pies tocaran el suelo. Su agarre era férreo, posesivo, como si temiera que si la soltaba, ella se desvan