Capítulo 35.
Narrador.
La sirena de la ambulancia rompía la calma de la noche como un lamento desesperado. Valeria se aferraba a la camilla donde yacía Armando, sus manos temblorosas buscaban inútilmente detener la sangre que seguía brotando de su costado.
—¡No me lo quiten, por favor! —suplicaba entre lágrimas.
Los paramédicos, entrenados para ignorar el dolor ajeno y concentrarse en salvar vidas, apenas le dieron espacio para caminar junto a él. Le colocaron oxígeno, presionaron la herida y lo conectaron