Capítulo 34.
El viento soplaba frío esa tarde, como si el propio cielo se negara a acompañarnos en la despedida. El sacerdote terminó una breve misa, sencilla, sin adornos, sin más testigos que mis amigos y yo. Miraba alrededor y me preguntaba si Sofía había tenido alguien más, una familia, amigos cercanos… no había manera de saberlo, y esa soledad me atravesaba el pecho.
El ataúd descendía lentamente en la tierra oscura. Sentí un nudo en la garganta mientras me colocaba al frente, mis manos temblaban, pero respiré hondo y dejé que las palabras salieran de mí.
—Sofía… —mi voz se quebró, pero continué—. Puede que tu paso por este mundo haya sido fugaz, pero la llama que encendiste es inapagable. Vivirás por siempre en el corazón de tu hija. Deseo que encuentres la paz eterna… tus valores, tus enseñanzas, viven en ella, y gracias a eso será una mujer de bien. Te prometo hablarle siempre de ti, para que nunca te olvide, para que siempre te recuerde con amor. Trataré de que sea muy feliz. Gracias por