Capítulo 34.

El viento soplaba frío esa tarde, como si el propio cielo se negara a acompañarnos en la despedida. El sacerdote terminó una breve misa, sencilla, sin adornos, sin más testigos que mis amigos y yo. Miraba alrededor y me preguntaba si Sofía había tenido alguien más, una familia, amigos cercanos… no había manera de saberlo, y esa soledad me atravesaba el pecho.

El ataúd descendía lentamente en la tierra oscura. Sentí un nudo en la garganta mientras me colocaba al frente, mis manos temblaban, pero
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