Capítulo 36.
POV VALERIA.
El reloj de la sala de espera parecía burlarse de mí. Cada tic tac era un recordatorio cruel de que Armando seguía en algún lugar detrás de esas puertas metálicas, inconsciente, atrapado entre la vida y la muerte. Las luces blancas del hospital no daban descanso; eran demasiado frías, demasiado despiadadas. Llevábamos horas allí y nadie salía a decir nada.
Me mordía las uñas, algo que no hacía desde niña. Cintia aun pálida por el susto seguía a mi lado, Adrián fingía calma leyendo documentos que ni pasaba de página, y Jeremías que había regresado hace una hora estaba de pie, con los brazos cruzados, como si pudiera protegernos con solo estar allí.
El sonido de unos pasos firmes hizo que levantara la vista. No era cualquiera. Un hombre mayor, de porte imponente, apareció acompañado de una joven rubia que se aferraba a su brazo. El bastón que llevaba tenía una empuñadura de oro que brillaba bajo la luz de los fluorescentes. No era solo un accesorio: era un estandarte de aut