Capítulo 27.
Armando
El tiempo se me escapa entre los dedos. Cada minuto que pasa es un golpe directo en el pecho, una herida que no deja de sangrar. El rugido del helicóptero sobrevuela la zona, las hélices cortan el aire como cuchillas, pero en mi mente solo resuena un nombre: Valeria.
No me perdonaría si algo le ocurre. No a ella. No después de todo lo que hemos vivido, de lo que me atreví a sentir y que me niego a callar.
Cuando aterrizamos en las afueras de la casa abandonada, mis hombres se desplegaron en segundos, disciplinados, con el pulso de la guerra latiendo en las venas. Víctor me entregó el transmisor conectado al dron; su rostro, pálido y tenso, lo decía todo.
—Mi general, la señal de la pulsera sigue activa. La señora Ríos ya está dentro.
El corazón me dio un vuelco tan violento que tuve que apretar los dientes para no gritar.
—¡Maldición! —escupí la palabra como veneno—. ¿Cómo demonios dejaron que lo hiciera?
Adrián bajó la mirada, las manos apretadas en puños. El tipo es orgullos