Capítulo 26.
Armando
Bajé del jet con la misma sensación que me había acompañado las últimas horas: un cuchillo enterrado en el estómago. No dormí ni un segundo en el vuelo. Le había ordenado al piloto que volara lo más rápido posible; la idea de que Valeria corriera un riesgo sin mí cerca era una tortura que no podía permitirme.
El aire húmedo de la pista me golpeó de frente, pero lo que me sofocaba no era el clima: era la ansiedad. Cada paso hacia el vehículo que me esperaba era un recordatorio de que no podía perder tiempo.
—General —me recibió Jeremías, con el rostro sombrío—. Tenemos un problema.
Me detuve en seco.
—Habla.
—Víctor llamó. Valeria no aparece. Creen que se fue sola… y se llevó el dinero.
Sentí cómo la sangre me hervía.
—¡Maldición! —golpeé la puerta del auto con el puño—. ¿Cómo demonios la dejaron ir sola? ¡Son unos ineptos!
Jeremías tragó saliva.
—Quiere que lo llevemos a la bodega donde supuestamente tienen a la niña.
—Enciende el motor. Y escucha: quiero a todos los hombres e