CRHIS.
—Era la máxima expresión de control, sobrino —dice, y por un segundo veo un destello de ese monstruo que ha vivido oculto bajo trajes caros—. Tener el destino de alguien en tus manos, su pureza, su silencio... Tu padre decía que si podíamos poseer eso, podíamos poseer el mundo. Ella no era una persona para nosotros, Christopher. Era... un objeto de lealtad. Un pacto de sangre entre hermanos. Nos sentíamos invencibles sabiendo que compartíamos ese infierno y que nadie se atrevería a señalarnos.
Me pongo de pie lentamente. El asco me recorre la columna vertebral como una descarga eléctrica. No hay rastro de arrepentimiento en sus palabras, solo la lógica retorcida de un depredador que cree que su linaje le da permiso para ser un demonio. Pensar que mi padre, el hombre que yo creía conocer, compartía esta filosofía del horror con este despojo, me hace sentir que mi propia sangre está infectada.
—Propiedad... —susurro, acercándome a él hasta que nuestras frentes casi se tocan—. Ell