CRHIS.
No le doy tiempo a terminar. Lanzo un derechazo seco que impacta directamente en su pómulo. Siento el impacto vibrar por todo mi brazo, un choque de hueso contra hueso que me devuelve una satisfacción amarga. Roth cae de lado, golpeándose contra la mesa antes de aterrizar pesadamente en el suelo.
—¡¿CÓMO FUISTE CAPAZ?! —le ruge mi garganta mientras lo tomo del abrigo y lo levanto sin esfuerzo—. ¡Era tu sangre! ¡Era una niña!
Le asesto un golpe en el plexo solar que le saca el aire de un tajo. Se dobla, asfixiado, y lo suelto para que caiga de rodillas. No me detengo. Le lanzo una patada lateral que impacta de lleno en sus costillas. Escucho el crujido, un sonido húmedo y sólido que me llena de una rabia electrizante.
—¡Habla! —le grito, propinándole otro puñetazo en la mandíbula que lo hace escupir sangre sobre las tablas polvorientas—. ¡Dime qué sentías cuando destruías su vida!
Roth se arrastra por el suelo, sollozando, cubriéndose la cara con manos temblorosas. El hombre pod