CHRIS.
Estaciono el Mercedes frente al edificio de concreto gris, una clínica privada que no figura en ningún mapa público. Aquí, el «Protocolo Sombra» funciona a la perfección: seguridad privada las veinticuatro horas, personal médico bajo acuerdos de confidencialidad inquebrantables y un silencio absoluto. Nadie entra, nadie sale, y ella… ella no existe para el mundo exterior. Es mi prisionera bajo la fachada de una paciente de cuidados intensivos.
Bajo del coche y el frío del estacionamiento