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CAPÍTULO 12: EL PRECIO DE LA CERCANÍA

Regresé a mi cubículo en el área de Finanzas con el pulso temblando. Tenía las manos frías y el corazón acelerado, pero me obligué a sentarme frente a la computadora. Alessandro estaba a salvo en la guardería, y eso era lo único que importaba en esos momentos de angustia. Miré el reloj digital en la esquina de la pantalla. Faltaban apenas treinta minutos para el gran almuerzo de negocios con los inversionistas extranjeros. La planta entera parecía un hervidero de ejecutivos corriendo de un lado a otro con carpetas de cuero y gráficos de barras.

Intenté concentrarme en las facturas internacionales, buscando refugio en la rigidez de los números contables. Inhalé profundamente, dejando que el aroma puro de jazmín y vainilla de mi perfume artesanal me devolviera el centro. Era el legado de mi madre, mi único escudo en esta inmensa torre de cristal.

—Vanesa, necesito que me acompañes al salón de recepciones —la voz tranquila de Frank Villanueva interrumpió mis pensamientos. El Director de Finanzas estaba de pie junto a mi escritorio, luciendo impecable en su traje gris—. Los analistas de la delegación europea acaban de llegar. Como has estado organizando los balances de la auditoría, tu presencia será de gran ayuda para asistir con los documentos impresos.

—Por supuesto, Frank —respondí, poniéndome de pie de inmediato y alisando mi uniforme de administrativa. Tomé la carpeta de cuero donde guardaba los respaldos contables y lo seguí hacia los pisos superiores.

Al entrar al lujoso comedor de la torre, el ambiente me oprimió el pecho. Mesas de roble oscuro, cristalería fina y un grupo de hombres de negocios conversando en voz baja. Al fondo de la sala, de pie junto al gran ventanal, estaba Rowan Knight, con una expresión imponente y distante, escuchando con atención a un inversionista extranjero. Sin embargo, en cuanto crucé la puerta, sus intensos ojos verdes abandonaron al hombre y se clavaron directamente en mí. Su mirada era pesada, cargada de una desconfianza y una confusión que parecían devorarlo por dentro.

A su lado, vestida con un traje de diseñador que pretendía derrochar una elegancia absoluta, se encontraba Lysandra. Al vernos entrar a Frank y a mí, sus facciones se desfiguraron por un breve segundo. Sus ojos inyectados de odio me advirtieron del peligro inminente, sabía que ella no se quedaría de brazos cruzados después de lo ocurrido en la guardería de la planta baja.

Los inversionistas tomaron sus asientos y Frank me indicó que me colocara a su lado, cerca del extremo de la mesa principal, para facilitar la entrega de los balances contables. Rowan se sentó en la cabecera, con Lysandra a su derecha.

Apenas los camareros sirvieron las copas, Lysandra aclaró su garganta y alzó la voz, capturando la atención de todos los presentes en la mesa.

—Queridos socios —dijo con una sonrisa falsa y melodiosa, clavando su mirada de odio en mí—. Antes de comenzar con la presentación financiera, me gustaría que nuestra nueva administrativa, la señorita Hayes, nos hiciera el honor de explicar el desglose preliminar de los pasivos de la auditoría, como ella es la encargada de organizar los papeles, estoy segura de que domina el tema a la perfección.

Un silencio incómodo cayó sobre el salón, los inversionistas extranjeros me miraron con sorpresa y curiosidad, era una trampa evidente, una empleada administrativa de bajo nivel jamás debía exponer ante la junta directiva, y mucho menos sin una preparación previa de los tecnicismos internacionales. Lysandra quería humillarme públicamente, demostrar que yo era una incompetente frente a Rowan y los socios para forzar mi despido inmediato.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones, mis manos apretaron la carpeta de cuero bajo la mesa. Pero antes de que el pánico me hiciera flaquear, una fuerza interna forjada en la necesidad y el aislamiento de estos años se encendió en mi pecho, no iba a permitir que me pisoteara frente a toda esta gente. Erguí la espalda, alcé la barbilla y abrí la boca dispuesta a responder con la misma frialdad con la que ella me había atacado, cuando una mano firme y cálida se posó sobre la mía de forma protectora, deteniéndome antes de que pudiera pronunciar la primera palabra.

—Con el debido respeto, señorita Valois —la voz de Frank Villanueva resonó en el comedor, firme, caballerosa e implacable. Se enderezó en su asiento, sosteniendo la mirada de Lysandra sin un ápice de duda—. El desglose de los pasivos internacionales es una tarea que compete directamente a la Dirección de Finanzas. La señorita Hayes ha realizado un trabajo impecable en la organización de los datos, pero no es su función exponer gráficos que requieren mi validación técnica, yo me encargaré de la explicación.

Los inversionistas asintieron ante la profesional respuesta de Frank. Lysandra apretó los dientes, y vi cómo sus uñas se clavaban en su costoso bolso de diseñador bajo la mesa, su intento de sabotaje público había vuelto a fracasar por culpa del Director de Finanzas.

Giré la cabeza ligeramente y encontré la mirada de Rowan. El ambiente de la mesa se volvió tan espeso que casi costaba respirar. Una hostilidad de espanto endureció sus facciones, fijas en la mano de Frank que todavía descansaba sobre la mía. Su mandíbula estaba tan intensa que una pequeña línea se marcó en su mejilla. Unos celos posesivos brutales tiñeron sus facciones de una frialdad absoluta. Parecía molesto por la evidente cercanía entre Frank y yo, y la tensión aumentaba a medida que su mirada se cruzaba con la mía.

Rowan apartó la mirada con brusquedad, tomando su copa de vino con tanta fuerza que temí que el cristal se rompiera entre sus dedos.

—Comience con la auditoría, Villanueva —sentenció Rowan, con un tono de voz frío—. No perdamos más tiempo en discusiones innecesarias.

Frank comenzó la presentación. Me concentré en pasarle los documentos impresos a Frank cuando los necesitaba, su trato respetuoso me ayudó a calmar los nervios en ese nido de víboras. Los ojos de Rowan no dejaron de vigilarme, cada vez que le entregaba un papel a Frank, la mirada del CEO se volvía más oscura.

Terminó la presentación satisfactoriamente, una vez más gracias a Frank había salido ilesa de las maniobras malintencionada de Lysandra.

Para cuando el almuerzo terminó, Lysandra se puso de pie de prisa, alterada por el fracaso de su plan, salió del comedor sin despedirse, con los tacones resonando con furia contra el piso de madera. Frank se giró hacia mí con una expresión de disculpa en sus ojos oscuros.

—Estuviste fantástica, Vanesa. Lamento mucho el desplante de la señorita Valois —me dijo en voz baja.

—Gracias a ti, Frank. De verdad, muchas gracias por defenderme —respondí sinceramente, guardando los papeles en mi carpeta.

—Siempre lo haré, te lo prometí.

Me despedí de él y caminé hacia la salida del salón. Sin embargo, justo cuando iba a cruzar el umbral del pasillo, una mano grande y firme me sujetó del antebrazo con una fuerza que me hizo detener de golpe. Su agarre estaba caliente, despertando una corriente eléctrica en mi piel que recordaba perfectamente.

Giré la cabeza con el corazón golpeando mis costillas. Rowan Knight estaba parado justo detrás de mí. La puerta del comedor se había cerrado y estábamos completamente solos en el pasillo privado de la presidencia. Sus intensos ojos verdes se clavaron directamente en los míos, acorralándome contra la pared lateral.

—Señorita Hayes —su voz grave sopló sobre mi rostro, cargada de una peligrosa cercanía—. Su tiempo de juego se ha terminado en esta torre. Mañana a primera hora la quiero en mi oficina presidencial, a solas. Es hora de que me diga la verdad completa sobre quién es usted y qué busca de mi familia.

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