Regresé a mi cubículo en el área de Finanzas con el pulso temblando. Tenía las manos frías y el corazón acelerado, pero me obligué a sentarme frente a la computadora. Alessandro estaba a salvo en la guardería, y eso era lo único que importaba en esos momentos de angustia. Miré el reloj digital en la esquina de la pantalla. Faltaban apenas treinta minutos para el gran almuerzo de negocios con los inversionistas extranjeros. La planta entera parecía un hervidero de ejecutivos corriendo de un lado