Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl teléfono de Rowan vibró sobre la mesa de caoba a las tres de la madrugada. Una hora no grata para cualquier llamada. Pero él ya estaba despierto, mirando al techo de su dormitorio vacío, repasando cada palabra que Vanesa Hayes había pronunciado en su despacho.
—Dime, Damián —respondió al primer tono, sin molestarse en disimular la urgencia en su voz.
—Señor Knight. Conseguí información sobre algo. Una fotografía.
Rowan se incorporó de golpe, con el corazón golpeándole las costillas como un puño.
—¿La tienes?
—Está borrosa. Muy borrosa. Pero logré recuperarla de los archivos de un fotógrafo que cubrió la gala de máscaras del Aurora. La imagen estaba en un lote de descartes, pero el encuadre... bueno, mejor se la envío.
El teléfono vibró con la llegada de un archivo. Rowan respiró hondo antes de abrirlo.
La foto era granulada, tomada desde un ángulo lejano. La luz de las lámparas de cristal creaba destellos que ocultaban detalles. Pero allí estaba: una mujer de cabello oscuro recogido en un moño despeinado, con un vestido marfil que rozaba el suelo y una máscara de plumas negras.
Y frente a ella, un hombre alto, de espaldas a la cámara, con una máscara negra también.
Rowan sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
La silueta de la mujer era idéntica a la de Vanesa. La misma altura. La misma forma de inclinar la cabeza. El mismo cuello esbelto que él había recorrido con sus labios aquella noche.
Pero no podía verle el rostro.
—¿Puedes limpiar la imagen? —preguntó, con la voz ronca por la emoción contenida.
—Ya lo intenté. No hay más definición. Pero tengo otra cosa, señor Knight.
—Dime.
—El fotógrafo recuerda a la mujer. Dice que llevaba un perfume muy particular. Algo artesanal. No pudo identificar la marca, pero lo describió como "jazmín, vainilla y almendra". Le pareció extraño y muy sublime la fragancia, porque era un aroma muy personal, no comercial.
El mundo se detuvo.
Rowan cerró los ojos y la imagen de Vanesa en el ascensor, con ese mismo aroma inundando el espacio reducido, lo golpeó con la fuerza de un tsunami.
—El fotógrafo —dijo Damián, como si adivinara sus pensamientos— también mencionó que la mujer parecía... nerviosa. Como si no perteneciera allí.
Rowan apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos le dolieron.
—Necesito más, Damián. Encuentra algo que la identifique con certeza.
—Lo haré, señor Knight. Pero le advierto: si esta mujer es quien usted cree, entonces la señorita Valois ha estado mintiendo durante cinco años.
La palabra cayó sobre Rowan como una sentencia.
Cinco años.
Cinco años de una mentira construida con cada caricia, cada palabra, cada noche compartida con Lysandra. Cinco años de un amor que nunca fue verdadero, sostenido únicamente por no abandonar a su hijo Eric.
Y ahora, la verdad tenía nombre y apellido.
Colgó sin despedirse.
Se quedó en la oscuridad de su habitación, con la fotografía borrosa iluminando su rostro, preguntándose cómo había sido tan ciego.
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En la otra habitación, el teléfono de Lysandra vibró insistentemente. En la pantalla reflejaba número desconocido. Contestó.
—Hola.
—Hola princesa, soy Agustín López. ¿Te acuerdas de mí?
El corazón se le detuvo.
—Número equivocado —dijo, y colgó.
No podía ser. Llevaba años sin saber de él. Creyó que se había ido de la ciudad, que había desaparecido de su vida para siempre, pero allí estaba de vuelta otra vez.
Le envió un mensaje de texto: "Atiende, porque si no, mañana mismo se te acaba la farsa."
Respondió nuevamente con la mano temblorosa.
—¿Qué quieres?
—Hace tiempo, princesa —la voz de Agustín sonó al otro lado, grave y cargada de cinismo—. He estado investigando. Y vaya sorpresa me llevé cuando descubrí que andas viviendo como una reina.
—No sé de qué hablas.
—No finjas. —Su tono se volvió cortante—. Te he visto en las revistas. "La prometida del CEO Rowan Knight". Suena bonito, ¿verdad? Lástima que todo sea mentira.
Lysandra sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Qué quieres, Agustín?
—Quiero verte. En el motel de la carretera vieja. En una hora. Si no vienes, a primera hora voy a la torre de tu millonario a contarle todo.
—No te atrevas.
—Pruébame.
La llamada se cortó.
Lysandra se quedó mirando la pantalla, con las manos sudorosas y el corazón latiendo tan fuerte que dolía. No tenía elección.
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Una hora después, estaba sentada en una silla de plástico rota en una habitación de motel que olía a humedad y cigarrillo. Agustín estaba frente a ella, con la misma chaqueta de jean vieja y la misma sonrisa de depredador que recordaba.
—Has engordado —dijo él, encendiendo un cigarrillo.
—¿Para esto me llamaste, Agustín? ¿Para insultarme?
—No. —Exhaló una nube de humo—. Te llamé porque quiero hablar de mi hijo.
Lysandra palideció.
—No tienes hijo.
—¿Ah, no? —Se inclinó hacia adelante, con los ojos brillantes de codicia—. ¿Entonces por qué te fuiste de la vecindad justo después de decirme que estabas embarazada? ¿Por qué desapareciste sin dejar rastro?
—No era tuyo.
—Claro que era mío. —Agustín apretó la colilla contra el cenicero—. Lo recuerdo perfectamente. Esa noche dijiste que estabas esperando un hijo mío. Que no sabías qué hacer. Y yo... —se rió con amargura— te dije que te lo hicieras sacar.
Lysandra apretó los puños, sintiendo la rabia acumulada durante años.
—Y me mandaste a matar a mi hijo. —Su voz se quebró—. Me dijiste que no querías saber nada. Que me hiciera un aborto y me fuera de tu vida. Y lo hice, Agustín. Me fui.
—Pero no te lo hiciste sacar, ¿verdad?
El silencio entre ambos era más elocuente que cualquier confesión.
—Lo tuve —dijo finalmente Lysandra, con la voz apenas un susurro—. Pero no es tuyo.
—Mientes.
—No miento. Es de Rowan—. Dije, queriendo mantener la mentira.
Agustín la miró largamente, analizando sus palabras. Pero entonces sonrió, una sonrisa llena de dientes amarillentos y malicia.
—No, princesa, porque si no fuera mío tus cuentas no darían.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero dinero, Lysandra. —Se levantó y caminó hacia la ventana, de espaldas a ella—. Cincuenta mil dólares. Mañana. Y si no los tengo, voy a contarle a Rowan que su "heredero" es el hijo de un don nadie. Que la mujer con la que vive es una mentirosa que lo engañó metiéndole un hijo que no es de él.
—¡No puedes hacer eso! —gritó ella, levantándose de la silla.
—¿Ah, no? —Agustín se giró y la enfrentó, quedando a centímetros de su rostro—. ¿Vas a detenerme, princesa? ¿Con qué? No tienes poder, ni dinero, ni siquiera un perfume auténtico que usar.
Lysandra sintió que se ahogaba.
—No tengo ese dinero —dijo, con la voz rota—. Rowan controla todo.
—Pues consíguelo. —Agustín tomó su chaqueta y se dirigió a la puerta—. ¿Qué hay del fideicomiso de tu hijo? Estoy seguro de que puedes mover algo.
—Ese dinero no es mío.
—Lo será si eres lista. —Abrió la puerta y la miró una última vez—. Mañana a esta hora, Lysandra. Si no tengo mi dinero, Rowan sabrá que su prometida es una mentirosa que se acostó con un pobre diablo para sobrevivir y aparte de eso cría un hijo que no es de él. ¿Cómo crees que reaccionará?
Cerró la puerta tras de sí.
Lysandra se quedó sola, con las piernas temblorosas y las lágrimas rodando por sus mejillas.
No tenía elección.
Tomó su teléfono con manos temblorosas. Marcó el número del banco donde estaba el fideicomiso de Eric.
—Voy a sacar el dinero —susurró, mientras una lágrima de rabia rodaba por su mejilla—. Pero cuando todo esto termine, Agustín pagará cada centavo con su vida.
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Esa misma noche, el teléfono de Rowan vibró con un mensaje de su investigador.
—Señor Knight... La foto. Logré identificar a la mujer. Pero no se la enviaré. Mejor venga a verla en persona.
Rowan apretó el teléfono y sintió que el destino, por fin, comenzaba a despejar el camino hacia la verdad.







