Mundo ficciónIniciar sesiónLa oficina de Lysandra en el ala este de la torre era un espacio de mármol y cristal que ya no le pertenecía emocionalmente. Desde que Vanesa Hayes había aparecido, cada rincón de su vida se había convertido en un campo minado.
Ahora, sentada frente a su computadora portátil, con los dedos sudorosos sobre el teclado, se disponía a cometer el mayor de sus crímenes.
El fideicomiso de Eric.
Rowan lo había creado el día que nació el niño. Un fondo intocable, blindado con las mejores garantías legales, destinado a la educación y bienestar de su "heredero". Lysandra tenía acceso limitado, solo para gastos médicos y educativos.
Pero había descubierto una vulnerabilidad.
Un agujero en la seguridad del sistema. Una transferencia que podía disfrazarse como "gastos médicos especializados". Si era rápida, si era cuidadosa, nadie lo notaría hasta que ya fuera demasiado tarde.
Y para entonces, ella ya estaría lejos.
Escribió el monto: cincuenta mil dólares. Lo disfrazó con una factura falsa que consiguió de una clínica de un médico amigo de ella, haciendo simular que Eric se había sometido a una cirugía. Presionó "confirmar" y contuvo la respiración mientras la pantalla mostraba la palabra "aprobado".
Soltó el aire que había estado reteniendo y se dejó caer contra el respaldo de la silla.
El dinero estaría en su cuenta en menos de veinticuatro horas.
Pero no se sentía aliviada. Sentía que se estaba ahogando.
Agustín había sido claro. Si no le pagaba, iría a Rowan. Le contaría que Eric era su hijo. Y ella sabía que era verdad. Como estaban las cosas con Vanesa Hayes y Rowan, sería suficiente para destruir todo. Rowan saldría corriendo a los brazos de Vanesa.
—No voy a permitirlo —susurró, con los puños apretados—. He llegado demasiado lejos para perderlo todo por un miserable.
Cerró la computadora y se levantó. Tenía que actuar con normalidad. Tenía que seguir siendo la prometida perfecta, la madre devota, la mujer que Rowan creía amar. Eso creía ella.
Pero por dentro, se estaba desmoronando.
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En otra oficina, en el área de Finanzas, Vanesa Hayes miraba la pantalla de su computadora con los ojos cansados. Llevaba horas revisando balances internacionales, y los números empezaban a bailar ante su vista.
—Necesitas un descanso —dijo una voz cálida a su espalda.
Giré la cabeza y encontré a Frank Villanueva, con su traje impecable y una sonrisa amable en el rostro. Sostenía dos tazas de café humeante.
—Espero que no te moleste que lo haya notado. Llevas tres horas sin levantar la vista.
—Frank... —acepté la taza que él me ofreció—. No sabes cuánto necesitaba esto.
—¿Café o compañía? —preguntó él, con un destello de picardía en los ojos.
—Ambos.
Se sentó en el borde de mi escritorio, algo que ningún otro ejecutivo haría. Pero Frank no era cualquier ejecutivo. Era el único en toda la torre que me trataba como una persona y no como una empleada de segunda categoría.
—He estado pensando —dijo, bajando un poco la voz—. Has trabajado increíblemente duro desde que llegaste. Tu informe de auditoría fue impecable. Y sé que las primeras semanas aquí no han sido fáciles.
Reí con amargura.
—Eso es quedarse corto.
—Por eso, me gustaría invitarte a cenar.
Levanté la cabeza, sorprendida.
—¿A cenar?
—Solo una cena. Como agradecimiento. —Frank levantó las manos en un gesto conciliador—. Sin segundas intenciones. Bueno, quizá con la intención de conocerte mejor. Pero nada más.
Dudé. No podía confiar en nadie, ni en Frank. Pero era el único que me había defendido sin pedir nada a cambio, bueno, eso había demostrado. Pero también sabía que cualquier salida con él sería observada. Por Lysandra. Por las secretarias. Y quizá, también, por Rowan.
—No sé si sea buena idea —admití.
—Solo una cena, Vanesa. —Frank inclinó la cabeza, con una expresión de honestidad que desarmaba cualquier defensa—. Un par de horas fuera de esta torre. Sin hablar de trabajo ni de problemas. Tú y yo, como dos personas normales.
Solté un suspiro.
—¿Cuándo?
—Esta noche.
El corazón me dio un vuelco. Esta noche. Era una locura. Alessandro estaba en la guardería, ya tenía todo planeado para ir a recogerlo y descansar. Pero Frank me miraba con tanta esperanza que no pude decirle que no.
—Está bien —respondí, sintiendo que cometía un error—. Una cena. Pero a las nueve tengo que estar en casa.
—Trato hecho. —Frank se levantó con una sonrisa radiante—. Pasaré por ti a las siete.
Se alejó con paso ligero, dejándome con el café en las manos y el corazón dividido entre la gratitud y el miedo.
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Esa noche, estaba sentada en el restaurante más elegante que jamás había pisado, frente a Frank, intentando disfrutar de un vino que no sabía cómo se llamaba. Había dejado a Alessandro con una vecina de confianza, y llevaba el único vestido decente que poseía: un azul marino que me quedaba bien, pero que era demasiado sencillo para aquel lugar.
—Estás hermosa —dijo Frank, como si leyera mis pensamientos.
—Estás siendo amable.
—Estoy siendo honesto.
Sonreí, dejando que la tensión se disipara por un instante. La conversación fluía con naturalidad. Frank era un hombre culto, atento, con un sentido del humor que me recordaba a la vida antes de que todo se complicara.
—¿Por qué no me habías dicho que tenías un hijo? —preguntó él, con genuina curiosidad.
—Porque no quería que me juzgaran. Una madre soltera, sin dinero, trabajando en una torre donde todos parecen tenerlo todo... Prefería mantenerlo en privado.
Frank asintió, comprendiendo sin necesidad de más explicaciones.
—Eres valiente, Vanesa. Más de lo que crees.
Estaba a punto de responder cuando una sombra cayó sobre nuestra mesa.
Levanté la cabeza.
Y el mundo se me detuvo.
Rowan Knight, vestido con un traje oscuro que abrazaba sus hombros anchos, estaba de pie junto a mi mesa, con los ojos verdes clavados en mí como dos puñales.
—Frank —dijo Rowan, con una voz que no lograba ocultar el filo de los celos—. Qué sorpresa encontrarlos aquí.
La sonrisa de Frank se desvaneció apenas un segundo antes de recuperar su compostura.
—Rowan. No sabía que frecuentabas este restaurante.
—Normalmente no lo hago —dijo Rowan.
Desvió la mirada hacia mí y la sostuvo con una intensidad que me quemaba la piel.
—Pero el destino es caprichoso.
Tomó una silla de la mesa contigua y se sentó sin ser invitado.
—¿Me permiten acompañarlos? Porque tengo la sensación de que esta cena es mucho más interesante de lo que parece.
Sentí que el aire se me escapaba. Rowan estaba allí, sentado frente a mí, con los ojos verdes brillando con una mezcla de furia y deseo que no podía ocultar. Y en mi interior, una voz me susurraba que aquella noche, nada volvería a ser igual.
Rowan inclinó ligeramente la cabeza y sus ojos recorrieron mi rostro con una lentitud deliberada. —Vanesa —dijo, y mi nombre sonó diferente en sus labios, como una promesa o una advertencia—. No sabía que tenías una vida social tan activa fuera de la torre.







