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CAPÍTULO 11: EL REFLEJO EN EL ESPEJO

El mediodía llegó acompañado de una densa capa de nubes que oscureció los ventanales de la torre. El trabajo en el departamento de Finanzas no me daba tregua, mis dedos volaban sobre el teclado mientras organizaba los últimos balances que Frank me había solicitado para la junta general. Sin embargo, mi mente seguía atrapada en la imagen de Agustín López acechando mi edificio y en las desesperadas amenazas de Lysandra. Sabía que estaba caminando sobre la cuerda floja, pero el rostro pacífico de mi hijo era lo único que me daba las fuerzas para no salir corriendo.

A la una de la tarde, Frank se acercó a mi cubículo con una sonrisa amable, sosteniendo unas carpetas.

—Vanesa, el almuerzo de la junta directiva se adelantó, debo bajar al sótano a revisar unos archivos físicos de auditoría con los asesores principales —me explicó en voz baja, demostrando su habitual caballerosidad—. Tómate tu hora de descanso, ve a almorzar con tranquilidad y pasa a ver al pequeño Alessandro por la guardería de la planta baja, te lo has ganado por tu excelente rendimiento.

—Muchas gracias, Frank. De verdad aprecio mucho tu consideración —respondí, sintiendo un leve alivio en el pecho.

Guardé mis cosas, apagué la pantalla y caminé hacia los ascensores. Al bajar al lobby de mármol blanco, me dirigí hacia el ala oeste de la planta baja, donde se ubicaba la guardería corporativa, era un espacio amplio, decorado con colores pasteles, lleno de juguetes didácticos y protegido por grandes paredes de cristal templado. Al asomarme, divisé a mi hijo sentado en una pequeña mesa de madera, estaba concentrado, armando una torre con bloques de plástico de color azul.

Sonreí, sintiendo que el peso del mundo se aligeraba un poco al verlo a salvo. Estaba a punto de abrir la puerta cuando el sonido de unos pasos firmes y pesados resonó en el pasillo exterior.

Me quedé congelada, era Rowan Knight caminaba en mi dirección, completamente solo. El frío CEO no llevaba su habitual séquito de asistentes. Su saco oscuro estaba desabotonado y sus intensos ojos verdes escaneaban unos documentos impresos que sostenía en la mano izquierda, su porte imponente llenaba el pasillo, obligándome a dar un paso hacia atrás para ocultarme parcialmente detrás de una de las columnas decorativas del corredor.

Rowan avanzaba con prisa, pero al pasar justo frente a los ventanales de la guardería, algo lo hizo detenerse de golpe, su mirada abandonó los papeles, sus ojos esmeralda se fijaron de inmediato en el interior del salón, atraídos por una fuerza invisible e inexplicable que escapaba a su control racional.

A través del cristal, Rowan observó fijamente al pequeño Alessandro, en ese preciso segundo, mi hijo terminó de colocar el último bloque azul en la cima de su estructura, al ver que se sostenía a la perfección, el niño infló el pecho con orgullo y se cruzó de brazos, luego, con un movimiento rápido y maduro, se acomodó el cuello de su pequeña camisa azul, manteniendo el mentón en alto con una expresión de absoluta suficiencia, era una réplica exacta, un reflejo idéntico de los gestos de arrogancia que el mismísimo Rowan Knight realizaba durante las juntas de negocios.

Vi cómo el cuerpo de Rowan se ponía rígido como una piedra, la respiración del poderoso empresario se cortó por completo. Una intensa ráfaga de confusión y asombro desarmó la fría máscara de hielo que siempre llevaba en el rostro.

(Pensamientos de Rowan)

«¿Qué es este vuelco en mi pecho? ¿Por qué mis piernas se han congelado frente a esta guardería? Miro a través del vidrio a ese niño y siento un golpe eléctrico en la sangre que no puedo explicar de forma lógica. Observo sus manos, su forma de cruzar los brazos, la manera idéntica en que se acomoda el cuello de la camisa... Es mi propia arrogancia reflejada en un cuerpo diminuto, sus ojos... Dios mío, ¿Quién será el Padre de este niño?. Siento una conexión que me arrastra hacia él y hacia su madre. Y este aire... el pasillo entero se ha inundado de esa fragancia, es el perfume de la mujer de la máscara, el aroma puro que me devolvió la vida en el crucero. ¿Por qué la nueva administrativa de finanzas, esa misteriosa Vanesa Hayes, camina destilando la esencia exacta de mi pasado? Lysandra ya no huele igual, su piel ahora emana un olor rancio, forzado, plano. Pero Vanesa... Vanesa me paraliza con solo pasar a mi lado, hay algo enorme que se me está escapando de las manos, necesito respuestas ahora mismo».

Rowan dio dos pasos lentos hacia el cristal, sin poder apartar la vista del niño, estiró su mano derecha y apoyó los dedos sobre el vidrio templado, justo a la altura donde Alessandro se encontraba. Una profunda conexión pareció sacudir los cimientos del frío CEO, quien temblaba imperceptiblemente al mirar al pequeño.

Mi corazón golpeaba mis costillas con tanta violencia que temí que el sonido me delatara. El pánico me cerró la garganta. Si Rowan entra a esa guardería, si decide hablar con el niño, el secreto saldría a la luz en cualquier momento.

Rowan giró la perilla de la puerta de la guardería con lentitud, como si estuviera a punto de desenterrar un fantasma de su pasado. El sonido electrónico del pestillo indicaba que estaba listo para entrar.

—¡Rowan, mi amor! —un grito agudo, cargado de una forzada dulzura que rozaba la histeria, rompió el tenso silencio del pasillo.

Lysandra apareció doblando la esquina del corredor a paso apresurado. Sus tacones altos resonaban con fuerza contra el suelo pulido. Vestía un elegante traje de diseñador, pero sus ojos reflejaban un pánico absoluto al ver a Rowan de pie frente a la guardería de los empleados. Al acercarse, su mirada recorrió la escena y me descubrió oculta tras la columna. El horror desfiguró sus facciones pintadas. Sabía perfectamente que si Rowan interactuaba con Alessandro, su gran mentira dorada se desmoronaría como un castillo de naipes.

Rowan soltó la perilla de la puerta y se enderezó con lentitud, recuperando su habitual distancia gélida, aunque sus ojos verdes seguían fijos en el niño por un segundo más antes de mirar a su prometida.

—Lysandra —dijo Rowan, con un tono de voz extrañamente bajo y reflexivo—. ¿Qué haces abajo?

—Te estaba buscando en la presidencia, querido —respondió ella, enganchando de inmediato su brazo al de Rowan con una posesividad desesperada, intentando alejarlo del ventanal—. Los inversionistas extranjeros acaban de llegar para el almuerzo previo a la junta general. No deberías perder el tiempo en esta zona de la torre. El área de los empleados comunes no es lugar para el presidente de la corporación.

Rowan guardó silencio por unos eternos segundos, su mandíbula se tensa y miró de reojo hacia el cristal una última vez.

—Ese niño... —murmuró Rowan, señalando levemente hacia la mesa de Alessandro—. Es el hijo de la nueva administrativa del departamento de Finanzas, se llama Alessandro.

Lysandra tragó saliva con una dificultad evidente. Sus dedos enjoyados se cerraron con tanta fuerza alrededor del brazo del CEO que sus uñas se enterraron en la tela de su costoso saco. Un olor rancio y adulterado, mezcla de mi fragancia robada y exceso de alcohol químico, emanó de su piel mientras intentaba mantener la sonrisa.

—Oh, sí, el hijo de Vanesa Hayes —comentó Lysandra con un tono despectivo, forzando una risa falsa—. Es solo un niño común de los suburbios, Rowan. No hay nada especial en él. Las secretarias suelen traer a sus hijos aquí por falta de recursos. Vámonos, los directivos nos esperan en el salón principal. Eric está con la niñera en casa y me pidió que te recordara que hoy debes llegar temprano para cenar con él.

Mencionar a Eric pareció activar una alarma de responsabilidad en la mente de Rowan. El frío empresario asintió con rigidez, permitiendo que Lysandra lo guiara de regreso hacia los ascensores privados. Sin embargo, antes de avanzar, Rowan giró la cabeza y clavó sus intensos ojos verdes directamente en mi escondite detrás de la columna. Su mirada era pesada, llena de dudas, preguntas sin respuesta y una sospecha que comenzaba a carcomer su habitual seguridad.

Lysandra me dedicó una última mirada cargada de un odio puro y asesino mientras arrastraba a Rowan lejos de la guardería. Sabía que había cruzado una línea de no retorno. Ella haría lo que fuera necesario para destruirnos a mi hijo y a mí antes de perder su estatus millonario.

Cuando los ascensores se cerraron, salí de mi escondite y entré de prisa a la guardería, con las piernas temblando. Corrí hacia la mesa de Alessandro y lo abracé con una fuerza desesperada, escondiendo mi rostro en su pequeño cuello. El peligro ya no estaba en la calle; el peligro habitaba en cada rincón de esta inmensa torre de cristal. 

El destino estaba tejiendo la trampa, y las mentiras del pasado estaban a punto de colapsar sobre nuestras cabezas.

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