Mundo ficciónIniciar sesiónLa noche anterior apenas había podido conciliar el sueño. La orden de Rowan Knight de verme a primera hora en su despacho presidencial resonaba en mi mente como una sentencia. Me desperté temprano, preparé el desayuno de Alessandro y lo dejé en la guardería de la planta baja con el corazón en la garganta. Al mirarlo antes de despedirme, vi una vez más el reflejo de esos ojos verdes que ahora me tocaba encarar en el último piso de la torre.
Subí en el ascensor sintiendo que las paredes de metal me asfixiaban. Al abrirse las puertas en el piso de la presidencia, el lujo silencioso del lugar me recordó lo lejos que estaba de mi realidad.
Alfombras espesas que amortiguaban mis pasos y paredes de madera tallada que ocultaban secretos millonarios. Caminé hacia el mostrador de la secretaria principal, quien me miró con una mezcla de lástima y curiosidad.
—La está esperando, señorita Hayes. Puede pasar directo —dijo la mujer en un susurro.
Apreté los dedos alrededor de la carpeta administrativa que llevaba conmigo, tomé aire y empujé las pesadas puertas dobles de cristal oscuro. El despacho de Rowan era inmenso. Un ventanal de techo a suelo mostraba la inmensidad de la ciudad nublada. Detrás de un imponente escritorio de caoba, Rowan Knight estaba de pie, de espaldas a mí, mirando hacia el exterior. No llevaba el saco de su traje, solo la camisa blanca con las mangas arremangadas hasta los antebrazos.
Al escuchar el sonido de la puerta, se giró lentamente. Su presencia imponente llenó el espacio de inmediato. Su mirada, fría y calculadora, se clavó en mi rostro, desarmando cualquier intento de defensa que yo hubiera planeado en el trayecto.
—Cierre la puerta, señorita Hayes —ordenó con una voz grave y pausada que helaba la sangre.
Hice lo que me pidió, sintiendo que el pestillo al cerrarse cortaba mi única vía de escape. Caminé unos pasos hacia el centro de la habitación, manteniendo la espalda recta y la barbilla en alto, forzando a mi poder femenino a mantenerse firme en este nido de lobos.
—Señor Knight, aquí estoy. Me solicitó que viniera a primera hora —dije, logrando que mi voz no delatara el temblor de mis manos.
Rowan no respondió de inmediato. Caminó con paso felino y elegante hacia el escritorio, pero en lugar de sentarse, se apoyó contra el borde de la madera, cruzando los brazos sobre su amplio pecho. Su mirada recorrió mis facciones de una forma tan minuciosa que sentí un escalofrío en la nuca. Entonces, el aire acondicionado de la oficina arrastró el aroma de mi cuello hacia él. El perfume inundó el despacho. Vi cómo la mandíbula de Rowan se tensaba visiblemente. Sus ojos se oscurecieron y dio un paso hacia mí, acortando la distancia de manera intimidante.
—Déjese de rodeos, Vanesa —dijo, pronunciando mi nombre por primera vez con una intensidad que me sacudió por dentro—. Llevo dos días atrapado en un laberinto por su culpa. Su presencia en esta torre no es normal. Ese perfume que lleva sobre la piel no es una coincidencia. Es una fragancia única, un aroma que busqué por un tiempo, pensé que lo había conseguido y que solo pertenecía a la mujer de la máscara en el crucero. Pero con su presencia y ese aroma me confunde.
El pánico me oprimió el pecho, pero me obligué a sostenerle la mirada. Recordé el rostro de mi pequeño Alessandro y las terribles amenazas de Lysandra en el baño. No podía flaquear.
—Ya se lo expliqué ayer en la salida, señor Knight —mentí, tragando saliva con dificultad—. Es una esencia común, una fragancia barata que compro en los mercados locales. Muchas mujeres en la ciudad deben usar mezclas similares. No entiendo por qué insiste en relacionarme con su pasado.
—¡No me mienta! —su voz tronó en el despacho, haciéndome dar un paso hacia atrás.
Rowan avanzó con rapidez, quedando a escasos centímetros de mí. Su respiración golpeaba mi frente y su calor corporal me devolvió de golpe a las sábanas blancas del camarote 747—. Conozco ese aroma a la perfección. Es puro, fresco e inconfundible.
He vivido con Lysandra durante años, y su perfume jamás ha tenido esta intensidad. En los últimos meses, su aroma se siente falso, rancio, plano. Pero usted... usted camina por los pasillos de mi empresa y me paraliza con la misma esencia de aquella noche. Guardé silencio, sintiendo que las mentiras se desmoronaban ante su aguda intuición.
Rowan estaba dudando abiertamente de Lysandra, uniendo cabos por el olfato, pero yo no podía confesarle la verdad sin poner en riesgo la seguridad de mi hijo.
—No sé qué problemas tenga con su prometida, señor —respondí con una falsa frialdad—. Solo soy una administrativa que vino a esta torre a trabajar porque necesita un sueldo para mantener a su familia. No busco nada de usted ni de su imperio.
Rowan entornó los ojos, y una extraña chispa de duda y vulnerabilidad. Él parecía debatirse entre la furia y la confusión más absoluta.—¿Y qué hay de su hijo? —preguntó de pronto, bajando el tono de voz a un siseo peligroso—. Ayer vi a ese niño en la guardería. Alessandro, vi sus gestos, vi la forma en que se acomodaba el cuello de la camisa y vi sus ojos. Esos ojos verdes... Tiene mi temperamento. ¿Quién es el padre de ese niño, Vanesa?
Mi corazón dio un vuelco salvaje. Estuvimos a un milímetro de que descubriera la estrella de tres puntas en el costado del pequeño. El miedo por mi hijo me dio una fuerza desesperada para inventar una excusa que lo alejara de la verdad.
—El padre de Alessandro nos abandonó mucho antes de que naciera —dije, forzando una expresión de amargura legítima en mi rostro—. Era un hombre de los suburbios que no quiso hacerse cargo de sus responsabilidades y se marchó del país. Los ojos verdes los heredó de mi abuelo materno. No tengo que darle explicaciones de mi vida privada. Mi hijo es solo mi hijo, y yo sola lo he sacado adelante y no le ha faltado nada. Por favor, deje de acosarnos.
Rowan me miró fijamente, analizando cada milímetro de mi rostro para detectar el engaño. Sus ojos se desplazaron por mis labios, reviviendo una tensión que amenazaba con hacernos estallar a ambos en el despacho. Sus dedos se movieron levemente, como si tuviera el impulso de atraparme por la cintura, pero se contuvo, apretando los puños con fuerza a sus costados. Antes de que pudiera agregar algo más, el teléfono de su escritorio interrumpió la escena. Rowan movió su mano con brusquedad y presionó el botón del altavoz sin apartar su mirada de mí.—¿Qué pasa? —preguntó de forma fría.—Señor Knight, la señorita Valois está aquí afuera y exige entrar de inmediato a su oficina —anunció la voz de la secretaria.
Rowan dejó escapar un suspiro cargado de frustración y mandíbula tensa.
—Déjala pasar —ordenó.
Las puertas dobles se abrieron de golpe y Lysandra entró al despacho a paso apresurado, con los tacones resonando con furia contra el suelo. Al vernos a Rowan y a mí tan cerca, sus ojos se abrieron con un pánico absoluto. Su rostro se desfiguró por el miedo a que yo hubiera confesado la verdad del crucero.
—¡Rowan, mi amor! —exclamó con una sonrisa forzada y tensa, interponiéndose de inmediato entre nosotros y tomando el brazo del CEO—. ¿Qué hace esta empleada administrativa en tu despacho a solas? La junta general comenzará en unas horas y los inversionistas extranjeros están preguntando por los balances finales de finanzas.
Rowan apartó su brazo del agarre de Lysandra con una sutil rigidez que no pasó desapercibida para mí. El frío empresario miró a su prometida y luego clavó sus intensos ojos verdes en mí una última vez.
—La señorita Hayes solo estaba entregando unos informes de auditoría pendientes de la oficina de Frank Villanueva —sentenció Rowan, ocultando el careo bajo una mentira corporativa—. Ya se retiraba.
—Así es, señor Knight. Con su permiso —respondí con una ligera inclinación de cabeza. Tomé mi carpeta de cuero y caminé hacia la salida con paso firme. Al pasar al lado de Lysandra, percibí el olor rancio y adulterado con alcohol medicinal que emanaba de su piel, en un intento desesperado por imitar la fragancia que se le estaba agotando. Lysandra me dedicó una mirada cargada de un odio puro y asesino, prometiéndome el infierno con los ojos. Salí al pasillo de la presidencia con las piernas temblando, sintiendo que las sombras de la torre se volvían cada vez más peligrosas. Rowan Knight estaba a un paso de descubrir todo, y la trampa del destino comenzaba a cerrarse sobre nosotras.







