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CAPÍTULO 14: EL VENENO DE LOS CELOS

(Pensamientos de Rowan)

El despacho todavía olía a ella.

Me quedé de pie frente al ventanal mucho después de que Vanesa Hayes cerrara la puerta, con la ciudad extendiéndose abajo como un tablero de ajedrez que ya no sabía cómo jugar. Ese perfume artesanal, la misma fórmula exacta que había buscado durante cinco años en cada perfumería de cada ciudad a la que viajé por negocios, preguntando a vendedoras que me miraban como si estuviera loco. Y ahora ese aroma caminaba por los pasillos de mi propia empresa, vestido con un uniforme administrativo barato, mintiéndome en la cara con una serenidad que debería haberme indignado y que, en cambio, me fascinaba.

Lysandra se había marchado pocos minutos después que ella, reclamando por la junta general. Mejor así, necesitaba estar a solas con mis pensamientos antes de fingir normalidad frente a los accionistas.

Apreté el puente de la nariz. Tenía treinta y cuatro años, dirigía un imperio que empleaba a más de dos mil personas, y no podía controlar el temblor de mis propias manos.

La voz de mi madre, muerta, resonó en algún rincón de mi memoria: "Rowan, los Knight no pierden el control, Ni con el dinero, ni con el poder, ni con una mujer." Pero aquella noche en el crucero, hacía cinco años, había perdido el control por completo. Recordaba fragmentos, nada más, una máscara negra de plumas, unas manos pequeñas aferradas a mi camisa, un nombre susurrado entre risas —Camila, había dicho ella, Camila— y un perfume que se quedó grabado en mi piel mucho después de que ella desapareciera del camarote sin dejar rastro.

Cinco años después, esa certeza tenía nombre, apellido y un hijo de ojos verdes que se acomodaba el cuello de la camisa exactamente como yo.

Eran casi las ocho de la mañana cuando la puerta volvió a abrirse, esta vez sin que nadie tocara.

—Rowan.

Lysandra entró de nuevo, ya sin la junta general como excusa, con el paso apresurado de alguien que sabía que la conversación no le convenía. Llevaba puesto el mismo perfume adulterado de siempre, ese intento desesperado de imitar algo que en realidad nunca le había pertenecido. Cerré los ojos un segundo, fastidiado.

—Estoy ocupado.

—Siempre estás ocupado —respondió ella, cruzando los brazos sobre el pecho—. Llevamos cinco años comprometidos, Rowan. Cinco años. La junta directiva empieza a preguntar por qué seguimos posponiendo la boda, y ahora con todo este movimiento extraño en nuestras acciones, necesitamos proyectar estabilidad. Una fecha. Eso es todo lo que pido.

—No es el momento.

—Nunca es el momento para ti.

Su voz se quebró en la última palabra, y por un instante casi sentí lástima. Casi. Lysandra había aparecido en mi vida apenas unas semanas después de aquella noche en el crucero Aurora, traída por el detective que contraté jurando  ser la mujer de la máscara negra. Su segundo nombre es Camila, llevaba el mismo perfume sobre la piel y conocía cada detalle de esa velada con una precisión que en su momento tomé como prueba irrefutable, sin embargo, ahora dudo, pero sabía cada detalle e instante de esa noche, las cosas se complicaron con el embarazo de mi hijo Eric, producto de esa noche según mis cuentas, y me quedé así por asumir esa responsabilidad de Padre. Eric nació nueve meses después, y yo, aliviado de haber encontrado de nuevo a la mujer de la máscara, jamás cuestioné, porque todo aparentemente coincidia.

Pero en la intimidad, nunca volví a sentir la misma conexión de esa primera noche. El perfume era idéntico, pero algo en ella, en su forma de tocarme, de mirarme, se sentía ensayado, distante, como si interpretara un papel que jamás terminaba de aprenderse. Esa duda, sembrada desde el principio, fue la razón por la que jamás llegamos al altar a pesar de los años de compromiso. Me había quedado a su lado por Eric, solo por Eric, sosteniendo una relación que hacia afuera parecía sólida y que, puertas adentro, era pura fachada.

—Adelantemos la boda —insistió, acercándose con los tacones repiqueteando contra el piso de mármol—. El mes próximo. Una ceremonia pequeña, sin escándalos, sin prensa innecesaria. Solo necesito que firmes el compromiso públicamente, de una vez por todas.

—Lysandra.

—¿Qué?

—Vete.

No fue una petición. Ella entendió el tono, porque retrocedió un paso, con los ojos brillando de una furia contenida que no se molestó en disimular. Salió sin despedirse, dejando tras de sí el rastro rancio de su perfume falso, ese aroma que cada día se parecía menos al original y más a una mentira a punto de descomponerse.

Me quedé solo otra vez, con el ruido amortiguado de la ciudad filtrándose a través del cristal blindado. Toda mi vida había sido un hombre que confiaba en los números, en los contratos, en la lógica fría de las decisiones empresariales. Vanesa Hayes había entrado en mi torre y había hecho añicos cada una de mis certezas en menos de dos semanas.

Saqué el teléfono del bolsillo interior de mi saco y marqué un número que no usaba desde hacía tres años, cuando necesité investigar a un socio que resultó estar desviando fondos de una filial en el extranjero.

—Cole Investigaciones, buenas tardes.

—Necesito hablar con Damián, dile que es Rowan Knight.

Una pausa breve, pasos apresurados, una puerta cerrándose al otro lado de la línea.

—Señor Knight. Cuánto tiempo sin saber de usted.

—Necesito un informe completo, Damián. Discreción absoluta, nadie en la torre puede enterarse de esto, ni siquiera mi equipo legal.

—Usted dirá.

—Una empleada. Vanesa Hayes, administrativa del área de Finanzas. Quiero saberlo todo: dónde nació, dónde trabajó antes de llegar aquí, quién es el padre de su hijo, y específicamente qué hizo en estos últimos cinco años.

—¿Algún motivo en particular que deba conocer para orientar la búsqueda?

Dudé. ¿Cómo explicarle a un extraño que el motivo era un perfume artesanal imposible de replicar, una mujer enmascarada y  un niño de cinco años que tiene los ojos verdes?

—Solo necesito los hechos, Damián. Rápido y limpio. Empiece por sus antecedentes laborales.

—Tendrá un informe preliminar esta misma noche.

Colgué y me serví dos dedos de whisky que no llegué a beber. La copa quedó intacta junto a los documentos de auditoría que ya no lograba leer.

Las horas pasaron espesas, como si el tiempo se resistiera a avanzar, mientras yo caminaba de un lado a otro del despacho, repasando cada gesto de Vanesa, cada mentira evidente sobre un abuelo materno que estaba convencido jamás había existido. Toda mi vida había sido un hombre paciente. Ya no estaba seguro de poder seguir siéndolo, no cuando la respuesta dormía a pocos kilómetros de la torre, bajo el mismo techo que un niño con mis ojos. 

Ya era de noche cuando el teléfono vibró sobre el escritorio.

—Señor Knight —la voz de Damián sonaba distinta, más cautelosa que de costumbre—. Tengo algo. No es mucho todavía, pero es extraño.

—Dime.

—Hay un vacío en sus registros laborales. Cinco años atrás, antes del nacimiento de su hijo, no encuentro ningún empleo formal a su nombre durante varios meses. Pero logré rastrear un pago único a su cuenta bancaria de aquella época, proveniente de una naviera de cruceros de lujo.

Mi mano se cerró alrededor del teléfono con tanta fuerza que los nudillos me dolieron.

—¿Qué naviera?

—Cruceros Meridian. El pago corresponde a un contrato temporal de servicio en cocina, a bordo de una de sus embarcaciones. El nombre del barco aparece en el comprobante de la transferencia.

—Dilo, Damián.

Hubo un silencio del otro lado de la línea, apenas un segundo, pero lo suficientemente largo como para que el corazón me golpeara contra las costillas con una violencia que no sentía desde hacía años.

—Aurora, señor Knight. El crucero se llamaba Aurora.

El nombre cayó sobre mí como una losa. La habitación pareció encogerse de golpe, reducida a un solo punto fijo en mi mente: una cubierta iluminada, una orquesta tocando, una máscara negra de plumas entre risas. No era una coincidencia. Las piezas que llevaba cinco años intentando ensamblar a ciegas empezaban, por fin, a encajar.

El vaso de whisky intacto se me resbaló de los dedos y se hizo añicos contra el piso de mármol.

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