Sofía
El aire en la habitación está cargado de una tensión que ni el aire acondicionado puede disipar.
Alexander me observa como si fuera una obra de arte preciosa, como si la fragilidad fuera lo que definiera cada rincón de mi ser. Pero yo no soy eso. No soy su puta muñeca de porcelana que se puede admirar, pero nunca tocar demasiado fuerte, nunca romper.
Y lo peor es que lo sabe. Y lo hace de todos modos.
Mis manos se apretan sobre la mesa de su oficina, la misma donde me he sentado tantas v