Alexander
El perfume de Sofía todavía me persigue. Está en la almohada del hotel, en la camisa que llevaba puesta ayer, en mis malditos pensamientos. Y me está volviendo loco.
Debería concentrarme. Tengo tres reuniones pendientes, un informe de fusiones que necesita mi aprobación antes del mediodía y una invitación formal para esa cena benéfica que preferiría prender fuego antes que asistir.
Pero no. Estoy aquí, en mi oficina, con la mandíbula tensa, las manos cerradas en puños y el corazón dol