Sofía
El desayuno debería ser sencillo. Café negro. Pan tostado. Conversaciones triviales, si acaso. Pero no con Alexander Blackwell frente a mí, mirándome como si anoche no hubiera estado a punto de besarme. Como si sus ojos no hubieran buscado los míos en la oscuridad del cuarto de hotel. Como si mis labios no hubieran temblado con los suyos a escasos centímetros.
Y ahora está ahí. Impecable. Traje oscuro. Camisa blanca sin una sola arruga. Peinado con esa perfección milimétrica que solo los