Julián se quedó ahí, paralizado, con la boca abierta como un pez fuera del agua. El silencio en el despacho era tan espeso que se podía oír el zumbido del aire acondicionado. Violeta, que todavía no procesaba nada, se levantó con un gesto de suficiencia y se puso al lado de Julián, agarrándole el brazo.
—¿Isabella? ¿Quién es esta loca, Julián? —soltó la rubia con un tono de voz que me dio ganas de abofetearla—. Dice que es la que firma las nóminas. ¡Dile que se largue! Me ha cerrado el pintauña